Mi abuela rezaba el Rosario todas las tardes, sentada en la misma silla, con las mismas cuentas gastadas de tanto pasarlas entre los dedos. Nunca le pregunté de dónde venía esa costumbre. Ahora que investigué un poco, me arrepiento de no haberlo hecho, porque la historia tiene de todo: una leyenda en un bosque francés, una batalla naval que definió el rumbo de Europa, y doce frailes que cruzaron el Atlántico para plantar esta devoción en tierras que hoy son mexicanas.
Aquí va esa historia, tal como pude reconstruirla.
Qué es el Rosario, para quien no lo tenga tan presente
El Rosario combina el Padre nuestro, el Ave maría y el Gloria, organizados en grupos llamados “misterios” que repasan pasajes de la vida de Jesús y de María. La palabra viene del latín rosarium, “corona de rosas”: cada Avemaría se pensaba como una rosa ofrecida a la Virgen, y el conjunto formaba una corona.
La leyenda de Santo Domingo
La versión que se cuenta desde hace siglos sitúa el origen a comienzos del 1200, cuando Santo Domingo de Guzmán predicaba en el sur de Francia contra los albigenses. Según el relato, la Virgen se le apareció y le entregó el Rosario, pidiéndole que lo enseñara. Domingo, dice la tradición, se dedicó el resto de su vida a difundirlo.
Los historiadores complican un poco esta versión ordenada. El relato tal cual lo conocemos no quedó escrito hasta el siglo XV, gracias al fraile Alano de la Roca, quien impulsó la devoción y fundó las primeras cofradías en Europa. Eso no borra la conexión de Domingo con la oración mariana, pero sí sugiere que la historia se fue armando con el tiempo, mezclando cordones de oración de monjes del desierto, meditaciones cartujas del siglo XIV y, finalmente, la figura de Domingo como estandarte. De cualquier forma, los dominicos terminaron adoptando el Rosario como propio, y esa adopción es lo que después cruzaría el océano.
Lepanto, 1571
El 7 de octubre de ese año, la flota cristiana (España, Venecia, Génova, los Estados Pontificios) se enfrentó a una armada otomana bastante más numerosa en el Mediterráneo. Antes del combate, las cofradías del Rosario en toda Europa se pusieron a rezar por la victoria. Cuando llegó, el papa Pío V, que era dominico, la atribuyó directamente al Rosario. Dos años antes ya había fijado la devoción para toda la Iglesia con la bula Consueverunt Romani Pontifices, así que Lepanto terminó de sellarla como algo importante para millones de personas, no solo para los conventos dominicos.
Cómo llegó a México
Doce frailes, un barco, 1526
El 2 de julio de 1526, cinco años después de la caída de Tenochtitlan, doce frailes dominicos desembarcaron en la Nueva España al mando de fray Tomás Ortiz. Eran la segunda orden religiosa en llegar, después de los franciscanos, y traían sus devociones de siempre, entre ellas el Rosario.
Se instalaron primero en la Ciudad de México y de ahí se fueron moviendo hacia el sur: Oaxaca, Puebla, Chiapas. Aprendieron lenguas indígenas, escribieron catecismos, fundaron conventos que funcionaban también como escuelas. Entre 1532 y 1535 quedó formalmente constituida la Provincia de Santiago de México.
La primera cofradía, 1538
Doce años después de que los dominicos pisaran suelo mexicano, fray Tomás de San Juan fundó en México la primera Cofradía del Rosario, el 16 de marzo de 1538. Eso fue antes incluso de que murieran Juan de Zumárraga y Juan Diego, ambos en 1548, así que la devoción prendió rápido.
Hay un relato de la época, de un hombre de Tepetlaoztoc en 1541, que ilustra bien cómo el Rosario se mezcló con la vida y las creencias de los indígenas recién evangelizados. No lo cuento aquí en detalle porque merece su propio espacio, pero vale la pena buscarlo si te interesa el tema.
La capilla de Puebla
Con los años, la devoción tomó forma en piedra y oro: la Capilla del Rosario, dentro del templo de Santo Domingo en Puebla, construida a partir de 1650 por impulso de fray Juan de Cuenca. Sus contemporáneos la llamaron “la octava maravilla del nuevo mundo”, y quien la haya visto entiende por qué exageraban solo un poco.
Casi cinco siglos después
El Rosario se sigue rezando en México: en familia, en las parroquias durante octubre, en procesiones, en la cocina mientras se prepara la cena. Lo que empezó como una leyenda en un bosque francés terminó siendo parte de la rutina diaria de mucha gente que probablemente nunca ha oído hablar de Lepanto ni de Alano de la Roca.
Yo, al menos, ya no puedo ver un rosario sin pensar en los doce frailes que lo trajeron cargando, junto con todo lo demás, en un barco.
¿Tú también creciste viendo rezar el Rosario en tu familia? Cuéntame si te tocó de cerca esta historia, y si te gustó, compártelo con quien creas que también quiera conocerla.