Home Gesta Cristera El obispo olvidado: José de Jesús Manríquez y Zárate
Gesta CristeraLibertad Religiosa

El obispo olvidado: José de Jesús Manríquez y Zárate

Compartir
José de Jesús Manríquez y Zárate, obispo de Huejutla y defensor de la libertad religiosa durante la Guerra Cristera en México.
Monseñor José de Jesús Manríquez y Zárate fue una de las voces episcopales más firmes durante la persecución religiosa en México.
Compartir

A cien años del inicio de la Guerra Cristera, México vuelve la mirada hacia una generación de hombres y mujeres que enfrentó uno de los periodos más duros para la libertad religiosa en nuestro país.

Entre los protagonistas de aquella época existe una figura poco recordada, pero fundamental para comprender la resistencia católica frente a las políticas anticlericales del gobierno de Plutarco Elías Calles: monseñor José de Jesús Manríquez y Zárate, primer obispo de la Diócesis de Huejutla, Hidalgo.

Fue uno de los pocos obispos mexicanos que manifestó abiertamente su respaldo a quienes defendían la libertad religiosa durante el conflicto cristero. Pasó más de un año en prisión, vivió durante años en el exilio, gobernó su diócesis a distancia y mantuvo una postura firme incluso cuando una parte importante de la jerarquía eclesiástica buscaba una salida negociada con el gobierno.

También fue un adelantado a su tiempo: promovió la causa de Juan Diego décadas antes de su canonización y dedicó buena parte de su ministerio a la educación, la organización de los trabajadores y la formación de los laicos.

Esta es la historia de un obispo que se negó a permanecer en silencio.

De León a Roma: una formación excepcional

José de Jesús Manríquez y Zárate nació el 7 de noviembre de 1884 en el barrio de San Miguel, en León, Guanajuato.

Era nieto de Máximo Manríquez, profesor y director de escuela, e hijo de Joaquín Manríquez, también dedicado al ámbito educativo, y de María de Jesús Zárate.

A los once años ingresó al Seminario de León y, en 1903, viajó a Roma para continuar sus estudios en el Pontificio Colegio Pío Latino Americano.

Durante su formación estuvo cercano a figuras que posteriormente ocuparían lugares importantes en la Iglesia mexicana, entre ellas monseñor Leopoldo Ruiz y Flores y monseñor Emeterio Valverde y Téllez.

Estudió Filosofía y Teología en Roma y fue ordenado sacerdote el 28 de octubre de 1907. Posteriormente cursó Derecho Canónico en la Universidad Gregoriana.

A los 25 años había obtenido doctorados en Filosofía, Teología y Derecho Canónico.

Un sacerdote preocupado por la cuestión social

En julio de 1909 regresó a México. Su padre había fallecido y el joven sacerdote volvió a León como profesor de latín en el seminario.

Posteriormente fue enviado como coadjutor de la parroquia del Sagrario. Entre sus alumnos estuvo quien años después se convertiría en arzobispo de México y cardenal, Miguel Darío Miranda.

En 1911 fue nombrado vicario de la parroquia de Santa Fe, en Guanajuato, y más tarde se convirtió en párroco.

El sacerdote Manríquez no permaneció ajeno a los grandes acontecimientos de su época. El 21 de abril de 1914, al conocerse la ocupación estadounidense de Veracruz, pronunció un discurso de carácter patriótico que llamó la atención de las autoridades revolucionarias. La persecución posterior lo obligó a alejarse temporalmente.

Pero su preocupación no era únicamente política.

Influenciado profundamente por la encíclica Rerum Novarum, publicada por el papa León XIII en 1891 y considerada uno de los documentos fundacionales de la doctrina social de la Iglesia, impulsó diversas iniciativas sociales y educativas.

Fundó el Círculo de Obreros Ketteler, que ofrecía a sus integrantes caja de ahorro, préstamos, atención médica y acceso a bibliotecas.

También promovió instituciones educativas como el Colegio del Sagrado Corazón de Jesús, una Escuela de Altos Estudios, el Colegio de Santa María y la Academia Sor Juana Inés de la Cruz.

Asimismo, apoyó la formación y crecimiento de organizaciones como la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM), las Damas Católicas de México y la Conferencia Nacional Católica del Trabajo.

Para Manríquez y Zárate, la fe no podía limitarse al interior de los templos: debía tener consecuencias sociales.

Primer obispo de Huejutla

El 24 de noviembre de 1922, el papa Pío XI erigió la Diócesis de Huejutla, en Hidalgo.

Pocas semanas después, el 11 de diciembre, José de Jesús Manríquez y Zárate fue designado como su primer obispo.

Fue consagrado el 4 de febrero de 1923 en la Catedral de León. Su principal consagrante fue precisamente uno de sus antiguos maestros, monseñor Emeterio Valverde y Téllez.

Tomó posesión de la nueva diócesis el 8 de julio de 1923.

La situación que encontró era difícil.

La diócesis estaba integrada inicialmente por 27 parroquias distribuidas en la región de la Huasteca: 22 en Hidalgo, tres en San Luis Potosí y dos en Tamaulipas. Para atenderlas disponía únicamente de 18 sacerdotes.

La pobreza era una realidad cotidiana.

Manríquez respondió creando grupos de catequistas en decenas de comunidades, donde no solamente se enseñaba doctrina católica, sino también lectura y conocimientos básicos.

Impulsó además una escuela en la sede episcopal, el Centro Educativo Ciudadano, el seminario diocesano y la primera Escuela Normal de las Huastecas. En algunos casos, utilizó sus propios recursos para pagar el salario de los maestros.

Su visión pastoral combinaba evangelización, educación y promoción social.

El enfrentamiento con el gobierno de Calles

Con la llegada de Plutarco Elías Calles a la Presidencia de México en 1924, la relación entre el Estado y la Iglesia comenzó a deteriorarse rápidamente.

El gobierno anunció la aplicación estricta de las disposiciones constitucionales en materia religiosa, particularmente los artículos 24 y 130.

Conforme avanzaron las medidas anticlericales, Manríquez y Zárate comenzó a denunciar públicamente las acciones del gobierno.

En marzo de 1926 publicó su quinta carta pastoral, en la que dirigió duras críticas al presidente Calles.

La reacción gubernamental fue inmediata.

Se le acusó de sedición e incluso se afirmó que mantenía bajo sus órdenes a miles de indígenas armados. Paralelamente, las autoridades comenzaron a presionar para intervenir las instituciones educativas impulsadas por la diócesis.

El 13 de mayo de 1926, el coronel Enrique López Leal llegó a Huejutla acompañado por cientos de soldados con instrucciones de detener al obispo.

Fue arrestado y trasladado a Pachuca, donde enfrentó un proceso judicial.

Permaneció privado de la libertad en instalaciones anexas al templo de La Asunción hasta abril de 1927, cuando fue expulsado del país.

Se convertiría así en uno de los obispos mexicanos que sufrió de manera más directa la persecución religiosa.

Un obispo gobernando desde el exilio

El 24 de abril de 1927 llegó a Laredo, Texas, donde encontró refugio en una comunidad religiosa.

Desde Estados Unidos continuó gobernando su diócesis mediante cartas, circulares y comunicaciones con sacerdotes y fieles.

También expresó abiertamente su respaldo moral al movimiento cristero.

El 12 de julio de 1927 publicó su conocido Mensaje al Mundo Civilizado, en el que denunció la persecución religiosa que se vivía en México y cuestionó la pasividad de las potencias occidentales frente al conflicto.

La dureza de sus palabras provocó diferencias incluso dentro del propio episcopado mexicano.

Manríquez mantuvo además comunicación con la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa (LNDLR) y llegó a proponer que determinados bienes eclesiásticos fueran utilizados para financiar la resistencia, planteamiento que no recibió el respaldo de otros obispos.

Desde Texas también impulsó la Unión Nacionalista Mexicana, organización dedicada a recaudar recursos, informar sobre la situación mexicana y fomentar entre los migrantes una mayor conciencia de sus deberes cívicos y patrióticos.

Contra los Arreglos de 1929

En marzo de 1929 volvió a dirigirse al “Mundo Civilizado”.

Esta vez advirtió contra la posibilidad de alcanzar un acuerdo entre la jerarquía eclesiástica y el gobierno mexicano que no resolviera de fondo las causas del conflicto.

Sus temores se hicieron realidad pocos meses después.

En junio de 1929 se alcanzaron los llamados Arreglos, negociados por representantes de la Iglesia y el gobierno mexicano, que permitieron reanudar el culto público.

El gobierno autorizó el regreso de numerosos sacerdotes y obispos.

Pero algunos de los prelados identificados con la resistencia cristera permanecieron fuera del país.

Entre ellos estaban monseñor Francisco Orozco y Jiménez, arzobispo de Guadalajara; José María González y Valencia, arzobispo de Durango; y, particularmente, José de Jesús Manríquez y Zárate.

El gobierno mexicano se resistía a permitir su regreso.

Roma, el exilio y la fidelidad a sus convicciones

En octubre de 1929 viajó a Roma para entrevistarse con el papa Pío XI y exponer personalmente la situación de México.

Después regresó al exilio.

Cuando en 1931 monseñor Leopoldo Ruiz y Flores fue nombrado delegado apostólico de la Santa Sede, solicitó al presidente Pascual Ortiz Rubio reconsiderar la situación de los obispos exiliados.

La petición permitió el regreso de algunos.

Manríquez y Zárate quedó nuevamente fuera.

Su postura seguía siendo incómoda.

Pidió a los católicos no integrarse al Partido Nacional Revolucionario, antecedente del PRI, y continuó defendiendo públicamente la educación religiosa.

Estas posiciones prolongaron su exilio.

A pesar de encontrarse a cientos de kilómetros, siguió gobernando Huejutla mediante cartas pastorales y circulares.

Durante su episcopado se impulsó la construcción y consolidación de la catedral, además de nuevas parroquias y numerosas capillas.

El obispo que creyó en Juan Diego

Uno de los aspectos menos conocidos de Manríquez y Zárate fue su profunda devoción guadalupana.

El 12 de abril de 1936 publicó una carta pastoral promoviendo el reconocimiento de Juan Diego.

Lo hizo varias décadas antes de que el indígena del Tepeyac fuera canonizado por san Juan Pablo II en 2002.

Manríquez veía en Juan Diego una figura capaz de acercar nuevamente a los pueblos indígenas a la Iglesia y fortalecer la identidad católica de México después de los años de persecución.

En una época en que la figura histórica de Juan Diego todavía era discutida incluso en algunos ambientes eclesiásticos, el obispo de Huejutla defendió decididamente su causa.

Un exilio que terminó después de casi veinte años

El 1 de julio de 1939, José de Jesús Manríquez y Zárate presentó su renuncia al gobierno de la Diócesis de Huejutla.

Habían pasado aproximadamente dieciséis años desde que tomó posesión como su primer obispo.

Su prolongado exilio, el cambio de pontificado con la llegada de Pío XII, las presiones diplomáticas y el complejo escenario internacional previo a la Segunda Guerra Mundial influyeron en aquella decisión.

Pero todavía pasarían varios años antes de que pudiera regresar definitivamente a su patria.

Finalmente, el 8 de marzo de 1944, regresó a México.

Fue nombrado posteriormente obispo auxiliar de la Arquidiócesis de México y vicario general.

Su antiguo alumno, el arzobispo Luis María Martínez, desempeñó un papel importante para facilitar su regreso durante el llamado modus vivendi, periodo en el que la relación entre la Iglesia y el Estado mexicano comenzó a transitar hacia una convivencia menos conflictiva durante la presidencia de Manuel Ávila Camacho.

José de Jesús Manríquez y Zárate murió en la Ciudad de México el 28 de junio de 1951, a los 66 años.

Una voz que no quiso callar

La figura de monseñor Manríquez y Zárate sigue siendo incómoda incluso cien años después.

No fue un obispo de silencios diplomáticos.

Sus posiciones provocaron enfrentamientos con el gobierno, diferencias con otros obispos y casi dos décadas de exilio.

Puede discutirse la prudencia de algunas de sus decisiones y la radicalidad de algunas de sus expresiones. Pero resulta difícil negar la coherencia con la que defendió aquello que consideraba fundamental: la libertad de la Iglesia, la educación de los católicos y el derecho de los mexicanos a vivir públicamente su fe.

En un discurso preparado en Bélgica en diciembre de 1929 resumió así la misión que consideraba propia de los obispos en aquellos tiempos:

“La misión del obispo en los tiempos presentes es ser el sostén de las fuerzas católicas”.

Para él, la defensa de la fe no podía ser una tarea reservada exclusivamente al clero. Sacerdotes, obispos y laicos compartían una misma responsabilidad frente a una sociedad que intentaba relegar la religión al ámbito privado.

A cien años de la Cristiada, recuperar la historia de José de Jesús Manríquez y Zárate significa también recuperar una pregunta que sigue teniendo actualidad:

¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar para defender pacíficamente nuestra libertad de conciencia y nuestro derecho a vivir públicamente la fe?

La historia del llamado “obispo olvidado” merece volver a ser contada.

¡Viva Cristo Rey!

Fuentes:

Diccionario de Protagonistas del Mundo Católico en México. Siglo XX. Varios autores. Ed. UAM- Azcapotzalco. 2021

Manríquez y Zárate : ¿paladín del cristianismo o provocador? / Mario Ramírez Rancaño. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Sociales, 2023.

Compartir
Artículos relacionados
Rosario de madera y Biblia apoyados sobre la bandera histórica mexicana de la Guerra Cristera.
Gesta CristeraLibertad Religiosa

A 100 años de la Cristiada: La guerra no terminó, solo cambió de trinchera

El día de hoy, 31 de julio de 2026, conmemoramos el inicio...

Representación histórica de los 100 años de la Cristiada y la defensa de la fe y la libertad religiosa en México.
Gesta Cristera

100 AÑOS DE LA GESTA CRISTERA: UNA NUEVA SECCIÓN EN HAZTE SENTIR

A cien años del inicio de la Cristiada, en distintos lugares de...

Imagen de un Viacrucis en Tijuana con el sello de "CANCELADO" sobre la imagen, haciendo referencia a la marcha atrás del Ayuntamiento en los cobros indebidos.
IglesíaLibertad Religiosa

¡Victoria para la fe! Tijuana da marcha atrás y cancela cobros a la Semana Santa

Lo dijimos con claridad: la fe no es un negocio y los...

Manifestación de fe en las calles de Tijuana frente a la imposición de cobros municipales por el Ayuntamiento.
Libertad ReligiosaMéxico

Extorsión a la Iglesia: El Ayuntamiento de Tijuana y el “cobro de piso” por Semana Santa

La Semana Santa es el momento más importante del Calendario Litúrgico para...

Conferencia #EnVivo

Participa con tus comentarios desde la transmisión en YouTube

Que esta conversación no termine aquí

📲 Sigue el canal oficial de Hazte Sentir en WhatsApp

Recibe nuestras próximas transmisiones, contenidos y llamados a la acción directamente en WhatsApp.