Hay santos que se estudian en los libros y santos que se recuerdan con la voz quebrada. Para millones de mexicanos, san Juan Pablo II es de los segundos: el Papa que besó el suelo de nuestro país en 1979, el que se asomó a las ventanillas del papamóvil con una sonrisa y el que, años después, ya encorvado y con el temblor de la enfermedad, siguió dando la cara hasta el último día.
Cada 22 de octubre la Iglesia celebra su fiesta, en la misma fecha en que, en 1978, inició oficialmente su pontificado. Más allá de los números y los récords, su vida dejó lecciones muy concretas para quien hoy intenta ser buen hijo, buen padre, buen ciudadano o simplemente buena persona. Estas son las que más resuenan.
Quién fue Karol Wojtyła
Karol Józef Wojtyła nació el 18 de mayo de 1920 en Wadowice, Polonia. Su vida no fue fácil desde el principio: perdió a varios familiares siendo niño y comenzó su camino sacerdotal en plena Segunda Guerra Mundial, bajo la sombra de dos totalitarismos, el nazi y el comunista. Fue nombrado obispo auxiliar de Cracovia, luego arzobispo de esa sede en 1964, y participó en el Concilio Vaticano II.
El 16 de octubre de 1978 fue elegido Papa y tomó el nombre de Juan Pablo II. Su pontificado duró casi 27 años, el tercero más largo de la historia, y lo convirtió en uno de los rostros más reconocibles del siglo XX.
1. No tener miedo
El 22 de octubre de 1978, en la homilía con la que comenzó su pontificado, dijo la frase que marcaría su misión: «¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!». No era solo un deseo piadoso. Pedía abrir a Cristo los sistemas políticos y económicos, la cultura y el desarrollo de los pueblos.
Quien había vivido bajo regímenes que sembraban miedo sabía de lo que hablaba. A Juan Pablo II se le reconoce como uno de los artífices de la caída de los regímenes comunistas de Europa del Este. Y hay quien piensa que el mensaje es hoy aún más necesario: el presidente del episcopado polaco, monseñor Stanisław Gądecki, ha dicho que es más actual que en 1978.
Lección para hoy: el miedo paraliza. La fe no elimina las dificultades, pero nos permite enfrentarlas de pie.
2. Perdonar de verdad
El 13 de mayo de 1981, en la Plaza de San Pedro, el turco Mehmet Ali Ağca le disparó cuatro veces. Juan Pablo II sobrevivió tras varias cirugías. Pocos días después, desde su cama del hospital y en un mensaje grabado, dijo que rezaba por el hermano que lo había atacado y que lo había perdonado sinceramente.
No se quedó en las palabras: el 27 de diciembre de 1983 visitó a Ağca en la cárcel de Rebibbia y conversó con él a solas. Años después, a petición suya, el agresor fue indultado por el presidente de Italia.
Vale la pena ser honestos con el detalle: según el entonces vocero vaticano Joaquín Navarro-Valls, de parte de Ağca no hubo palabras de perdón en aquel encuentro. Perdonar, entonces, no dependió de que el otro se arrepintiera. Fue una decisión de quien había sido herido.
Lección para hoy: perdonar no es justificar lo que pasó ni fingir que no dolió. Es negarse a que el rencor tenga la última palabra.
3. El amor humano tiene sentido: la familia
El papa Francisco lo llamó, en la homilía de la canonización, «el Papa de la familia». Y no es casual: entre el 5 de septiembre de 1979 y el 28 de noviembre de 1984, en las audiencias de los miércoles, Juan Pablo II ofreció 129 catequesis sobre el amor humano en el plan de Dios, conocidas como la Teología del Cuerpo.
En pocas palabras, esa enseñanza responde a dos preguntas que todos nos hacemos: quién soy y cómo estoy llamado a amar. Sostiene que el cuerpo no es un estorbo ni un objeto, sino parte de la persona y un lenguaje del amor que se entrega. En 1994 impulsó además los Encuentros Mundiales de las Familias, para recordar que la familia es el primer lugar donde aprendemos a querer y a ser queridos.
Lección para hoy: en un mundo que reduce a las personas a imagen, utilidad o rendimiento, su valor no se negocia.
4. Confiar en los jóvenes
En 1985 inició las Jornadas Mundiales de la Juventud. En lugar de hablar sobre los jóvenes, los convocó, los escuchó y les pidió cosas grandes. Esa apuesta sigue dando frutos: cada jornada reúne a nuevas generaciones que quieren algo más que una vida cómoda.
Lección para hoy: los jóvenes no necesitan sermones tibios, sino propuestas que valgan la pena.
5. Estar cerca, también de México
Según las cifras que recuerda la prensa vaticana, realizó 104 viajes apostólicos internacionales. Y México ocupó un lugar especial en su corazón: lo visitó cinco veces (1979, 1990, 1993, 1999 y 2002). Su primer viaje internacional como Papa fue precisamente aquí, en enero de 1979, y las multitudes lo despidieron con aquel «México, siempre fiel». En su última visita canonizó a san Juan Diego, el primer indígena elevado a los altares.
Lección para hoy: acercarse es una forma de amar. Se evangeliza, se educa y se acompaña estando presentes.
6. Sufrir sin esconderse
Desde 1992 padeció la enfermedad de Parkinson. Aun así, no se escondió: siguió apareciendo en público, con las limitaciones a la vista de todos. El papa Francisco lo recordó como un ejemplo admirable de sufrimiento. Murió el 2 de abril de 2005, a los 84 años, y en su funeral los fieles comenzaron a gritar «Santo súbito».
Benedicto XVI dispensó el plazo de espera de cinco años para abrir su causa, y el papa Francisco lo canonizó el 27 de abril de 2014, junto con san Juan XXIII, el domingo de la Divina Misericordia, la fiesta que el propio Juan Pablo II había instituido tras canonizar a santa Faustina Kowalska en el año 2000.
Lección para hoy: la dignidad de una persona no depende de su salud, ni de su fuerza, ni de su utilidad.
Un santo real, no de estampita
Hablar con honestidad de Juan Pablo II también implica reconocer que su pontificado tuvo sombras, como el escándalo de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, que la Iglesia ha tenido que afrontar. La santidad no significa perfección ni ausencia de errores de gobierno, sino una vida entregada con fe. Quizá por eso su ejemplo se siente tan cercano: no fue un héroe de mármol, sino un hombre con heridas que no dejó de confiar.
Conclusión: ¿qué hacemos con esta herencia?
San Juan Pablo II no nos pide admirarlo de lejos, sino imitarlo en lo cotidiano: no dejar que el miedo decida por nosotros, perdonar a quien nos hirió, cuidar la familia, confiar en los jóvenes, estar cerca y vivir el dolor con dignidad.
Hoy, en su fiesta, te invitamos a elegir una sola de estas lecciones y llevarla a la práctica esta semana. Cuéntanos en los comentarios cuál es y compártela con alguien que necesite escuchar un «no tengas miedo».
San Juan Pablo II, ruega por nosotros.