EN VIVO HOY 7:00 PM De la crítica a la acción Ver transmisión
Home fe La Cruz levantada para que tengamos vida
feIglesíaVida Espiritual

La Cruz levantada para que tengamos vida

Compartir
Crucifijo iluminado sobre el altar de una iglesia
La Cruz, instrumento de muerte convertido en signo de vida, centro de la fe cristiana.
Compartir

Hay símbolos cristianos que, de tanto verlos, corren el peligro de dejar de sorprendernos. Y probablemente ninguno como la cruz: el instrumento de ejecución que la Iglesia se atreve a llamar «árbol de vida».

La tenemos en nuestras iglesias. La llevamos al cuello. Preside nuestras casas. La trazamos sobre nosotros al comenzar la oración. Está junto a nuestros difuntos. Pero la cruz no nació como un objeto religioso ni como un adorno piadoso. Era un instrumento de tortura y de muerte, reservado por Roma para los esclavos y los criminales sin derechos: el lugar de quien debía morir públicamente, humillado y rechazado.

Y precisamente eso es lo que hoy la Iglesia exalta.

No exaltamos el sufrimiento por el sufrimiento. No celebramos el dolor. No creemos que Dios disfrute viendo sufrir al hombre. Exaltamos la Cruz porque en ella Cristo ha transformado aquello que era signo de muerte en fuente de vida. Es, como recuerda el Catecismo, el centro mismo de la fe cristiana: no un episodio doloroso que hay que superar, sino el lugar donde se decide todo.

Mirar para vivir

La primera lectura nos lleva al desierto. Israel se cansa del camino. Protesta contra Dios y contra Moisés. El pueblo que había sido liberado de Egipto comienza a olvidar todo lo que el Señor ha hecho por él.

Entonces aparecen las serpientes y muchos israelitas mueren.

Pero Dios ofrece también el remedio. Ordena a Moisés levantar una serpiente de bronce:

«Todo el que sea mordido y la mire, vivirá».

Resulta sorprendente. Dios podría haber hecho desaparecer simplemente las serpientes. Sin embargo, propone algo distinto: mirar aquello que recuerda la herida para recibir precisamente allí la curación.

Jesús aplicará esta imagen a sí mismo:

«Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre».

Cristo será levantado sobre la Cruz.

Y desde entonces el cristiano sabe dónde mirar cuando llega el sufrimiento.

No siempre podemos comprender por qué ocurren determinadas cosas. Hay enfermedades que no esperábamos. Fracasos que parecen absurdos. Personas que nos decepcionan. Pecados propios que nos avergüenzan. Pérdidas que dejan un vacío que nadie puede llenar.

La fe cristiana no ofrece una explicación fácil para cada sufrimiento. San Juan Pablo II lo expresó con precisión: Cristo no responde a la pregunta sobre el porqué del dolor con un argumento, sino con una llamada a unirse a él. La respuesta no es una teoría; es una invitación a caminar.

La fe hace algo mucho más grande que explicar.

Nos muestra a Cristo crucificado.

Y nos dice: mira ahí.

Porque antes de preguntarnos dónde está Dios cuando sufrimos, el Evangelio nos muestra dónde está Dios: en la Cruz, sufriendo con nosotros y por nosotros.

Tanto amó Dios al mundo

El Evangelio contiene una de las frases más hermosas de toda la Escritura:

«Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único».

Aquí está el corazón del cristianismo.

Todo comienza con el amor de Dios.

No somos nosotros quienes hemos conseguido llegar hasta Dios. Es Dios quien ha descendido hasta nosotros.

Y ha descendido hasta el lugar más oscuro de la existencia humana: la muerte.

Por eso la Cruz nos dice algo decisivo sobre Dios. Nos dice que Dios no observa desde lejos nuestras heridas. Ha querido entrar en ellas. Es lo que la tradición teológica llama kénosis: el despojamiento de Dios, que no deja de ser Dios al hacerse débil, sino que precisamente ahí revela hasta dónde llega su amor.

Cristo conoce el cansancio. Conoce el abandono. Conoce la traición. Conoce la injusticia. Conoce la soledad. Conoce el dolor. Conoce incluso la muerte.

Por eso ningún hombre puede decir que existe un rincón de su sufrimiento donde Cristo no haya estado antes.

La Cruz ha quedado plantada precisamente allí.

No bajó de la Cruz

Durante la Pasión algunos se burlaban de Jesús diciendo:

«Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz».

Pero Cristo no bajó.

Y ahí está uno de los grandes misterios de nuestra fe.

Nosotros probablemente habríamos escrito la historia de otra manera. Habríamos imaginado que la victoria de Dios consistiría en destruir a sus enemigos, bajar espectacularmente de la Cruz y demostrar quién tenía razón.

Pero Dios vence de otra manera.

Cristo vence permaneciendo. Permanece amando. Permanece perdonando. Permanece entregándose. Permanece confiando en el Padre. Hasta el final.

El mal espera provocar más mal. El odio quiere producir odio. La violencia pretende engendrar violencia.

Y Cristo rompe esa cadena.

Clavado en la Cruz responde con amor.

Por eso la Cruz es victoria. No porque el sufrimiento sea bueno, sino porque el amor de Cristo es más fuerte que todo el mal que puede producir el pecado.

También nosotros tenemos nuestras cruces

Ser cristiano no significa buscar sufrimientos artificialmente. Bastantes trae ya la vida.

Pero cuando llegan, podemos vivirlos de dos maneras.

Podemos vivirlos solos, encerrados en nosotros mismos, convirtiéndolos poco a poco en amargura.

O podemos unirlos a Cristo:

  • La enfermedad puede convertirse en oración.
  • La soledad puede convertirse en intercesión.
  • Una humillación puede enseñarnos humildad.
  • Una dificultad puede purificar nuestro corazón.
  • Un fracaso puede devolvernos a lo esencial.

Incluso nuestras heridas pueden convertirse en lugares desde los cuales comprendamos mejor las heridas de los demás.

Eso hace Cristo con la Cruz.

No niega el dolor.

Lo redime.

Y eso mismo puede hacer con nuestra vida. No se trata, como advierten quienes han escrito sobre esto con más autoridad que nosotros, de resignarse ni de anestesiarse ante el dolor, sino de descubrir que incluso ahí cabe la libertad interior de quien no deja que las circunstancias decidan por él.

Levantar los ojos

Hay momentos en los que pasamos demasiado tiempo mirando nuestras heridas.

Miramos lo que perdimos. Miramos lo que salió mal. Miramos las palabras que nos hicieron daño. Miramos nuestro pecado. Miramos nuestras limitaciones.

Hoy la Iglesia nos invita a levantar la mirada.

No para fingir que no pasa nada.

Sino para mirar más alto.

Mirar al Crucificado.

Porque sobre la Cruz está Aquel que puede decirnos:

Tu sufrimiento no es inútil. Tu pecado no tiene la última palabra. Tu muerte tampoco tendrá la última palabra.

La Cruz que parecía anunciar la derrota se ha convertido en el trono del Rey.

El instrumento de ejecución se ha convertido en árbol de vida.

El lugar de la vergüenza se ha convertido en signo de gloria.

Por eso hoy la Iglesia no esconde la Cruz.

La levanta. La muestra. La besa. La proclama.

Porque allí descubrimos hasta dónde llega el amor de Dios.

Y cuando hoy hagamos la señal de la cruz quizá podamos hacerla un poco más despacio.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Es el signo que resume nuestra vida.

Fuimos creados por amor. Fuimos redimidos por amor. Y estamos llamados a vivir eternamente en ese amor.

Señor Jesús, cuando llegue la cruz a nuestra vida, concédenos no huir de ti. Enséñanos a levantar los ojos, a contemplarte crucificado y a descubrir que allí donde parecía vencer la muerte comenzó para nosotros la Vida.

Compartir
Artículos relacionados
Monumento al Sagrado Corazón de Jesús del Cerro de los Ángeles antes de su destrucción en 1936
CulturafeIglesía

Cuando el Cerro de los Ángeles fue dinamitado: la historia real detrás de la película ‘Sagrado Corazón’

El estreno en España de la docu-ficción francesa Sagrado Corazón ha vuelto...

Imagen de la Virgen de los Dolores con el corazón atravesado por espadas
feTradicionesVida Espiritual

Virgen de los Dolores: la historia, los Siete Dolores y por qué su devoción sigue viva hoy

Una madre que acompaña en el sufrimiento Cada 15 de septiembre, un...

El padre Gabriele Amorth, exorcista de la diócesis de Roma
feIglesíaVaticano

Diez años sin el exorcista de Roma: siete lecciones del P. Gabriele Amorth sobre la acción del demonio

Murió el 16 de septiembre de 2016 tras décadas dedicadas al ministerio...

Texto alternativo ALT: León XIV, el primer papa estadounidense, en el día de su cumpleaños número 71
actualidadfeIglesía

Los 71 años de León XIV

71 datos y curiosidades del primer papa estadounidense Hoy, 14 de septiembre...