Imagina un barco que avanza de puerto en puerto con un prisionero encadenado. Va de Antioquía hacia Roma, y en cada escala hay gente esperándolo. En cada ciudad salían el obispo local y los cristianos a saludarlo y a escuchar sus enseñanzas, y recibían su bendición de rodillas.
Lo que pasa en esa escena es raro. El hombre encadenado no es el que más necesita consuelo. Es el que consuela.
Un obispo en la ciudad donde nació la palabra «cristiano»
Ignacio fue obispo de Antioquía, la primera ciudad donde los seguidores de Cristo empezaron a llamarse cristianos. Fue el tercer obispo de esa sede, una de las más importantes de la cristiandad. La tradición lo considera discípulo de san Juan Evangelista, y él mismo se llamó Theophoros, «portador de Dios».
Bajo el emperador Trajano se mandó encarcelar a quienes no adoraran a los dioses paganos. Ignacio se negó y por eso lo llevaron preso a Roma.
Siete cartas escritas con cadenas
Durante ese viaje escribió lo que hoy son siete cartas. Cinco van dirigidas a las comunidades de Éfeso, Magnesia, Tralles, Filadelfia y Esmirna; otra, al obispo Policarpo; y la última, a los cristianos de Roma.
No son tratados fríos. Piden mantener la unidad y la tradición apostólica, y sobre todo muestran cuánto amaba a Jesucristo. Además, son una fuente muy valiosa para conocer cómo creía y se organizaba la Iglesia en sus primeros tiempos.
Benedicto XVI las resumió con una idea: ningún Padre de la Iglesia expresó con tanta intensidad el deseo de unirse a Cristo y vivir en él. También lo llamó «el doctor de la unidad»: unidad de Dios, de Cristo, de la Iglesia y de los fieles. Para Ignacio, la unidad que los cristianos deben vivir en la tierra es un reflejo de la unidad de Dios.
Hay un dato que sorprende. Fue el primer escritor cristiano en usar la expresión «Iglesia católica» para hablar de la comunidad de los fieles.
La carta más difícil de leer
La Carta a los Romanos es la más fuerte. En ella pide a los cristianos de Roma que no impidan su martirio. Leída hoy, puede incomodar, y conviene leerla con calma. No habla de un hombre que busca el dolor. Habla de alguien convencido de que seguir a Cristo vale más que su propia vida. En ella dice que quiere ser «trigo de Dios», una imagen que se une a la del grano de trigo que muere para dar fruto.
Cuando llegó a Roma, miles de cristianos salieron a recibirlo y algunos le ofrecieron hablar con las autoridades para evitar su muerte. Antes de entrar al anfiteatro, rezó con sus hermanos por la Iglesia, por el fin de la persecución y por la caridad y la concordia entre los fieles.
Mientras caminaba hacia su final, pidió oración por la paz y el amor entre los cristianos.
Lo que deja una historia de hace casi dos mil años
Ignacio no fundó una escuela ni dejó una obra larga. Dejó siete cartas. Pero en ellas hay una pregunta que sigue viva: ¿qué nos mantiene unidos cuando todo alrededor empuja a dividirnos?
Su respuesta no fue una estrategia. Fue una forma de amar: a Cristo primero y, desde ahí, a la comunidad. Es un recordatorio útil para familias, parroquias y grupos que a veces se cansan de caminar juntos.
La Iglesia celebró su memoria el 17 de octubre. Todavía estás a tiempo de leer una de sus cartas esta semana. Empieza por la dirigida a Policarpo, que es breve y habla de paciencia y de cuidar a los demás.
Una nota de rigor: las fechas no son del todo exactas. La tradición ubica su muerte en Roma hacia el año 107. Y aunque la mayoría de los estudiosos acepta que escribió esas siete cartas, la autoría no ha sido indiscutida.