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A 100 años de la Cristiada: La guerra no terminó, solo cambió de trinchera

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Rosario de madera y Biblia apoyados sobre la bandera histórica mexicana de la Guerra Cristera.
A 100 años de la Cristiada en México y la persecución actual
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El día de hoy, 31 de julio de 2026, conmemoramos el inicio de la Cristiada en México (1926-1929). Aquella gesta no nació del fanatismo ni del capricho, sino de la desesperación de un pueblo al que un Estado autoritario pretendió arrebatarle lo más íntimo: su fe, sus sacramentos y su libertad de conciencia. La suspensión del culto público y la imposición de la brutal «Ley Calles» no hicieron más que encender la pradera. Miles de mexicanos —campesinos, jóvenes, universitarios y familias enteras— entendieron que ante la tiranía no cabía el servilismo, y tomaron el destino en sus manos para defender un derecho fundamental.

Hoy, un siglo después, la narrativa oficial insiste en un silencio cobarde. En los libros de texto gratuitos y en la historia que se enseña en las aulas públicas, la Cristiada es apenas un nota al pie o un episodio estigmatizado. Se pretende borrar el martirio de toda una generación para vender la idea de que la libertad religiosa es una concesión que el gobierno otorga o retira a su antojo, y no un derecho connatural al ser humano que fue conquistado con sangre. Sin embargo, no se puede sanar lo que se oculta, ni se puede entender el México de hoy sin reconocer el sacrificio de quienes prefirieron morir de pie antes que vivir con la fe amordazada.

Quien piense que este conflicto pertenece a los museos vive en un engaño. La persecución no terminó en 1929; simplemente evolucionó, cambió el uniforme militar por el traje sastre y las bayonetas por iniciativas, decretos, litigios y censura institucional. Basta con revisar el trabajo que hemos hecho desde Hazte Sentir en temas de libertad religiosa para constatar cómo el hostigamiento contra la fe católica en México sigue vivo y fuerte desde múltiples frentes:

El Caballo de Troya: Persecución silenciosa y censura en el siglo XXI

Hoy no marchan ejércitos ni se cierran templos a punta de bayoneta en las zonas urbanas, pero la batalla continúa de manera peligrosa. Las leyes y el sistema político actual siguen ahogando a los cristianos a través de tácticas refinadas y peligrosas: Caballos de Troya disfrazados de “libertad”, “derechos” e “igualdad” que buscan desmantelar nuestra fe y expulsar a Dios de la vida pública.

Las pruebas de este asedio cotidiano están a la vista de todos:

1. El embate legislativo y la censura

Vemos iniciativas abiertamente anti cristianas desde el poder legislativo. Tenemos el caso del diputado trans Salma Luévano; quien, haciendo burla de las vestiduras sacerdotales, buscó censurar la predica de ministros de culto bajo el pretexto de “discurso de odio”. O las intenciones de supervisión estatal a las redes sociales de grupos religiosos y la Iglesia que Arturo Ávila buscaba concretar mediante una reforma para maniatar la libertad de culto y expresión. Estos y otros ejemplos, como las leyes de violencia simbólica, pretenden que la doctrina moral sobre la vida, la familia y la naturaleza humana no pueda expresarse públicamente, buscando sancionar a ministros de culto y laicos por sostener aquello en lo que siempre han creído.

2. La trinchera ideológica de la Suprema Corte de Justicia

La Suprema Corte de Justicia de la Nación se ha transformado progresivamente en un brazo ideológico ajeno al sentir popular. Y bien conocemos ya la posición ideológica de la “Corte del Acordeón”, pero la “Corte intocable” pretendía prohibir la instalación de nacimientos o símbolos sagrados en el espacio público, en tres ocasiones busco generar jurisprudencia de casos aislados para negar la tradición mexicana y, peor aún, coartar el símbolo más profundo de la navidad mexicana.

3. La agresión cultural pagada con impuestos

La persecución también adopta el disfraz del “arte”. Casos como la exhibición y promoción de obras abiertamente blasfemas (como las de Fabián Cháirez) no solo representan un desprecio hacia los sentimientos religiosos de la mayoría de la población, sino una provocación indignante: se utilizan los recursos públicos de los propios contribuyentes creyentes para financiar la denigración de sus figuras sagradas. Y de manera insistente, ya que no se trata solo de una obra; son múltiples las veces, que a pesar de la denuncia, el gobierno ha insistido en insultar la fe de millones de mexicanos en nombre de la libertad y el arte.

4. Profanaciones e impunidad sistemática

Cada mes presenciamos con dolor cómo templos católicos en diversas regiones del país son profanados, saqueados o incendiados. Una violencia sistemática contra el patrimonio eclesial que parece no importarle a las autoridades, manteniéndose en una preocupante impunidad.

El baño de sangre contra los sacerdotes

Pero la violencia contra los católicos no se limita a una batalla cultural, legislativa o legal. El indicador más alarmante y doloroso lo documenta año con año el Centro Católico Multimedial, cuyas cifras confirman a México como uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer el ministerio sacerdotal, en tan solo 7 años, 13 sacerdotes han sido asesinados en todo México. Además, las agresiones y extorsiones contra sacerdotes, religiosos y templos no son hechos aislados ni mero “crimen común”: son mensajes de control social. Matar a un cura en una comunidad es acallar la voz de la justicia, desarmar moralmente al pueblo y demostrar que el crimen organizado y la impunidad operan con la misma soberbia con la que antes operaban los caciques callistas.

Si soy capaz de asesinar a un sacerdote, soy capaz de asesinar a quien sea. — Pbro. Omar Sotelo Aguilar, Director del Centro Católico Multimedial (CCM).

El crimen organizado y la narcopolítica atacan a los sacerdotes porque la Iglesia es un actor estabilizador que frena el avance de su influencia en los pueblos. Cuando se asesina a un sacerdote, se deja en la orfandad a una comunidad entera. En las zonas más olvidadas de México, el cura no solo vela por la vida espiritual; es el defensor de los derechos humanos, el médico, el mediador frente a abusos y el refugio para los perseguidos. Silenciando al pastor, buscan amedrentar y someter al rebaño con la misma soberbia con la que antes operaban los caciques callistas.

La verdadera batalla: Una guerra en la conciencia y la voluntad

Frente a este panorama, hay que decirlo sin rodeos y sin complejos de inferioridad: la fe no es un asunto meramente privado. Pretender que el creyente guarde sus convicciones en un cajón cuando sale a la calle, cuando vota, cuando educa o cuando legisla, es una forma sutil de tiranía. La libertad religiosa no significa “tolerancia para rezar a puerta cerrada”, sino el derecho pleno de incidir en la cultura, en la política y en la vida pública de la patria. No podemos cruzarnos de brazos mientras las instituciones del Estado y la delincuencia armada acorralan la herencia espiritual de nuestra nación.

Es aquí donde el pensamiento de Anacleto González Flores, plasmado en su texto Tú Serás Rey, cobra un vigor impresionante y nos da la pauta definitiva. Anacleto no escribió para consolar cobardes ni para justificar la inacción. Diagnosticó que el mayor mal de una sociedad no es la fuerza de sus agresores, sino la pusilanimidad, la pereza y el acomodamiento de los suyos. Nos enseñó que la juventud y la madurez de un hombre se prueban en la fragua de la adversidad, en la capacidad de asumir el riesgo y en la negativa rotunda a aceptar las “migajas” que ofrece el poder de turno.

La posición lógica del verdadero cristiano, es decir del verdadero católico, es la osadía. — Beato Anacleto González Flores

¿Hasta cuándo lo permitiremos? Una llamada a la osadía ciudadana

La batalla por la fe, por la verdad y por la libertad de nuestra patria nunca ha sido fácil, pero tampoco es una causa perdida. No necesitamos tomar las armas de fuego de 1926, pero sí urgentemente la audacia, la coherencia de vida y la firmeza de carácter que tuvieron aquellos hombres y mujeres. A cien años de la Cristiada, los perseguidores han cambiado de nombre y de estrategia, pero la respuesta de quienes no estamos dispuestos a rendir la conciencia sigue siendo exactamente la misma. La última palabra no la tienen los tribunales ni los censores; la tiene la voluntad de un pueblo que sabe de dónde viene y en quién ha puesto su fe.

Debemos despertar y entender la naturaleza del combate que libramos. Como nos lo advierte la Sagrada Escritura: “Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas.” (Ef. 6, 12)

¿Cuánto tiempo más lo permitiremos? ¿Serás un espectador cobarde o darás el paso hacia la osadía que exige nuestra Patria?

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