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El mártir de Sonora: el sacerdote que entregó su vida por su pueblo

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Andrés Avelino Flores Quesney, mártir de Sonora, intercede con un crucifijo por la vida de sus feligreses en San Pedro de la Cueva.
El padre Andrés Avelino Flores Quesney entregó su vida al interceder por su pueblo en San Pedro de la Cueva, Sonora.
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Mucho antes de que comenzara formalmente la Guerra Cristera, México ya vivía episodios de violencia y persecución que golpeaban duramente a sacerdotes y comunidades católicas.

En medio de la Revolución Mexicana ocurrió en Sonora una historia que merece ser rescatada del olvido: la del padre Andrés Avelino Flores Quesney, sacerdote que decidió poner su propia vida entre las armas y los hombres de su comunidad que estaban a punto de ser fusilados.

Tenía apenas 37 años.

El 2 de diciembre de 1915, en San Pedro de la Cueva, Sonora, su ministerio sacerdotal llegó hasta sus últimas consecuencias. No huyó. No se escondió. Eligió permanecer junto a su pueblo.

Más de 80 hombres frente a la muerte

Las tropas de Francisco Villa habían llegado a San Pedro de la Cueva en un contexto de enorme violencia revolucionaria.

De acuerdo con el relato histórico más de 80 hombres estaban amenazados de muerte. Algunos cargaban simplemente con un apellido que en aquel momento podía convertirlos en enemigos: Calles.

Frente a aquella situación apareció el párroco.

El padre Andrés Avelino Flores Quesney pudo haberse mantenido al margen. No era un militar ni tenía capacidad para detener por la fuerza a las tropas villistas. Su única arma era su autoridad moral como sacerdote. Y decidió utilizarla.

Tres veces pidió por la vida de su pueblo

El sacerdote acudió en tres ocasiones ante Francisco Villa para pedir clemencia por aquellos hombres.

La primera petición no fue suficiente. Volvió una segunda vez. Entonces recibió una advertencia: si regresaba nuevamente, lo matarían. Era el momento en que podía retirarse. Sabía perfectamente lo que estaba en juego. Sin embargo, regresó.

Por tercera vez se presentó ante Villa. Según el relato conservado, se arrodilló con un crucifijo en la mano y volvió a suplicar por la vida de los condenados.

Sus palabras resumen el corazón de su ministerio:

“Por piedad, tenga misericordia de mi pueblo; no los siga matando, ellos son inocentes”.

La respuesta fue la muerte. Francisco Villa terminó con la vida del sacerdote.El párroco había decidido correr la misma suerte que aquellos a quienes intentaba salvar.

Como Cristo, el Buen Pastor

Es precisamente ahí donde la historia del padre Andrés adquiere un significado mucho más profundo. Su muerte no fue consecuencia accidental de encontrarse en medio de un enfrentamiento. Sabía que regresar una tercera vez podía costarle la vida.

Y regresó.

Aceptó conscientemente ponerse entre el verdugo y sus feligreses.

El Evangelio presenta a Cristo como el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas. Más de veinte siglos después, en un pequeño poblado de Sonora, un sacerdote mexicano convirtió esas palabras en una decisión concreta.

No entregó solamente su tiempo. No ofreció únicamente dinero o ayuda espiritual. Ofreció su propia vida. Ese es el corazón de su martirio.

¿Quién fue Andrés Avelino Flores Quesney?

El sacerdote había nacido en Nuri, Sonora, en 1878.

Fue uno de los siete hijos de Francisco Flores, dedicado a las labores del campo, y de María Quesney, descendiente de un minero francés relacionado con el mineral de La Trinidad.

El 4 de febrero de 1898 ingresó al Seminario de Hermosillo. Los registros mencionados en el relato indican que recibió una beca de gracia, por lo que no tuvo que pagar inscripción.

Fue ordenado sacerdote el 29 de septiembre de 1904 y celebró su primera misa el 12 de noviembre de ese mismo año, en la capilla del Carmen.

Un año después fue enviado como vicario a la parroquia de Moctezuma. También ejerció su ministerio en Álamos y posteriormente regresó a Moctezuma.

A finales de 1911, el obispo Ignacio Valdespino,  lo nombró párroco de Batuc, una extensa jurisdicción que incluía Suaqui, Tepupa, San Pedro de la Cueva y Matape. Fue precisamente entre aquellas comunidades donde dejó la huella que terminaría llevándolo al martirio.

Un sacerdote cercano a enfermos y pobres

Los testimonios sobre su ministerio describen a un sacerdote profundamente caritativo.

Ángel B. Encinas, quien había sido su acólito, recordó que el padre Andrés visitaba a los enfermos, les llevaba auxilio espiritual y procuraba también ayudarlos materialmente, a pesar de contar con pocos recursos.

Su generosidad no dependía de cuánto tenía. Siempre encontraba algo que compartir.

El propio obispo de Sonora dejó por escrito una valoración particularmente significativa sobre aquel joven párroco: destacó cómo su virtud crecía constantemente y reconoció su celo por la salvación de las almas.

Años después, aquella forma de entender el sacerdocio encontraría su expresión más radical en San Pedro de la Cueva.

El 2 de diciembre que cambió su historia

Cuando las fuerzas villistas llegaron a San Pedro de la Cueva en diciembre de 1915, el padre Andrés no era un desconocido para aquellas personas. Eran sus feligreses. Había celebrado con ellos, acompañado a sus enfermos, entrado en sus casas, escuchado sus preocupaciones y celebrado sus sacramentos.

Por eso, cuando sus vidas estuvieron amenazadas, para él no eran simplemente “más de 80 hombres”.

Eran su pueblo

Y el pastor decidió no abandonarlo. Esa es quizá la dimensión más poderosa de su historia. El martirio no comenzó en el momento en que fue asesinado. Había comenzado mucho antes, en años de servicio cotidiano, visitando enfermos, enseñando la fe y acompañando comunidades.

El último acto simplemente llevó aquella entrega hasta sus últimas consecuencias.

Camino a los altares

Más de un siglo después de su muerte, la Iglesia ha comenzado a recuperar formalmente su historia.

De acuerdo con el material compartido, se puso en marcha el proceso destinado a estudiar su posible beatificación.

Monseñor Óscar Sánchez Barba, postulador de la causa, explicó que uno de los elementos fundamentales será demostrar que la fama de martirio ha permanecido viva a través del tiempo.

El proceso requiere recopilar los escritos del sacerdote, documentos históricos, testimonios y todo aquello que se haya publicado acerca de él, tanto favorable como desfavorable.

Posteriormente, el expediente deberá ser estudiado en Roma por especialistas, entre ellos teólogos e historiadores. En el caso de los mártires, explicó el postulador, el reconocimiento del martirio puede permitir la beatificación sin exigir previamente un milagro.

Si su causa prosperara, Andrés Avelino Flores Quesney podría convertirse en uno de los grandes referentes de santidad nacidos en Sonora.

Un mártir que México necesita recordar

A más de cien años de distancia, la historia del sacerdote de San Pedro de la Cueva plantea una pregunta incómoda.

¿Qué significa realmente dar la vida por los demás?

Vivimos en una época en la que hablar de compromiso resulta sencillo. Pero aquel sacerdote tuvo que responder a esa pregunta cuando frente a él había hombres condenados a muerte y detrás de ellos un ejército armado.

Pudo marcharse, guardar silencio, argumentar que nada podía hacer. Pero regresó tres veces. En la última llevaba un crucifijo. Y frente al poder de las armas pidió misericordia.

Su muerte recuerda que el martirio cristiano no consiste en buscar la muerte, sino en permanecer fiel incluso cuando hacer el bien puede costarlo todo.

El padre Andrés Avelino Flores Quesney no murió buscando convertirse en héroe. Murió intentando salvar a su pueblo.

Y quizá por eso, más de un siglo después, su historia sigue teniendo tanto que decirnos.

El Buen Pastor da la vida por sus ovejas. En San Pedro de la Cueva, un sacerdote mexicano decidió hacerlo literalmente.

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