Hoy, miércoles 28 de octubre, la Iglesia recuerda a dos apóstoles juntos. Uno tiene multitudes en el templo de San Hipólito; el otro casi nunca aparece en las estampas ni en las filas de devotos. Se llama San Simón Apóstol, y aunque casi no hablan de él los evangelios, su historia tiene mucho que decirnos sobre qué hacer con el fervor, la pasión y las convicciones fuertes.
¿Quién fue San Simón Apóstol?
San Simón fue uno de los doce apóstoles elegidos por Jesús. Su nombre aparece en todas las listas de los Doce (Mt 10,4; Mc 3,18; Lc 6,15; Hch 1,13), pero casi nunca en una escena propia. Es, de hecho, uno de los apóstoles de los que menos información tenemos. Según Hechos 1,13, ocupa el décimo lugar en la lista.
No es Simón Pedro. Los evangelios usan un apodo para distinguirlos, y de ahí nace su fama: el Zelote o el Cananeo.
Cananeo y Zelote: dos apodos para un mismo fervor
Mateo y Marcos lo llaman «el Cananeo»; Lucas y los Hechos, «el Zelote». Según algunas fuentes, ambos términos vienen del arameo y significan «celos» o «celo». El primero podría aludir a Caná de Galilea; el segundo, a su carácter o a su pertenencia a un grupo.
Aquí hay un debate abierto. Los zelotes fueron un movimiento judío que luchaba contra el dominio romano, y algunos estudiosos creen que Simón pudo haber pertenecido a él. Otros piensan que «zelote» solo describe su celo religioso. La verdad es que no lo sabemos con certeza.
Sea como sea, la imagen es poderosa: un hombre apasionado, con convicciones firmes, que termina sentado a la misma mesa que otros apóstoles de temperamentos muy distintos.
El apóstol del que casi no sabemos nada
Después de Pentecostés, el Nuevo Testamento guarda silencio sobre él. Lo que viene después pertenece a la tradición, y esa tradición no siempre coincide.
Una versión lo hace predicar en Egipto y luego en Persia, donde se habría encontrado con San Judas Tadeo. Otra tradición, muy distinta, habla de un viaje por África y hasta Britania. Y otra más lo vincula con Jerusalén como obispo. Por eso conviene hablar con humildad: son memorias antiguas, no certezas históricas.
¿Cómo murió San Simón?
La versión más difundida en Occidente dice que fue martirizado en Persia junto a Judas Tadeo, y que lo aserraron por la mitad. De ahí viene su símbolo más conocido: la sierra. Una fuente católica anota que su sepultura en Persia se conoce gracias a san Fortunato de Poitiers, en el siglo VI.
Otras versiones cuentan el final de otra manera (una habla de las manos cortadas; la tradición ortodoxa de una cruz). Estos relatos provienen en buena medida de textos antiguos poco confiables, así que lo prudente es quedarnos con lo esencial: la tradición cristiana lo recuerda como mártir de la fe.
¿Por qué comparte fiesta con San Judas Tadeo?
La liturgia celebra a ambos el 28 de octubre porque la tradición los presenta como compañeros de misión y de martirio. Sus nombres aparecen juntos incluso en el canon de la misa. Según algunas fuentes, sus restos se veneran juntos en la Basílica de San Pedro, en Roma.
Hay algo hermoso en eso: dos hombres muy distintos (uno, el «zeloso»; el otro, el que preguntó con sinceridad en la Última Cena) que terminan unidos en la misma misión y en la misma fiesta.
Los símbolos y patronazgos de San Simón
Se le representa con una sierra, que recuerda su martirio. También aparece con una cruz o con herramientas de oficio. Es patrono de los aserradores y, según la fuente, de los tintoreros o curtidores, oficios que la tradición asocia con su vida.
Lo que nos enseña hoy San Simón
Una lectura posible de su historia es esta: el fervor, solo, puede volverse dureza. Pero el fervor puesto al servicio de Jesús se convierte en entrega. Simón llevaba un celo enorme; el encuentro con Cristo lo ensanchó hasta abarcar a todos, no solo a los suyos.
En tiempos en que tantas discusiones se vuelven gritos, su ejemplo invita a preguntarnos: ¿para qué uso mi pasión? ¿Para ganar una pelea o para servir a alguien?
Un apóstol discreto, una fe que permanece
San Simón no dejó cartas ni discursos famosos. Dejó algo menos visible: una vida entregada. Tal vez por eso hoy conviene recordarlo con calma, sin multitudes. Hay vocaciones que no hacen ruido y, aun así, sostienen a la Iglesia.
¿Con qué causa pondrías hoy tu fervor al servicio de los demás? Cuéntanoslo en los comentarios y comparte este artículo con alguien que lleve el corazón encendido.