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Sufrir acompañado: la lección que san Pablo de la Cruz aprendió de su madre

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Retrato al estilo de pintura barroca de San Pablo de la Cruz vistiendo el hábito negro pasionista dentro de una iglesia ilumnada por luz celestial que entra a través de vitrales.
San Pablo de la Cruz, fundador de los Pasionistas, en contemplación ante la luz de la Pasión.
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Un niño llora. Su madre no lo manda callar. Le muestra un crucifijo y le habla de lo que sufrió Jesús. De ahí nació en Pablo una devoción a la Pasión que lo marcaría toda la vida.

La escena es pequeña, pero dice mucho. Su madre le enseñó a encontrar en la Pasión de Cristo la fuerza para superar las pruebas. No le prometió que el dolor desaparecería. Le enseñó que no tenía que atravesarlo solo.

De Ovada a una visión que cambió su rumbo

Pablo Francisco Danei nació en Ovada, Italia, en 1694. En 1720 tuvo tres visiones. En la tercera, la Virgen, vestida con hábito negro, le pidió fundar una congregación cuyos miembros vistieran ese hábito y vivieran unidos a la Pasión de Cristo. Tras el juicio de confesores prudentes, el obispo lo revistió con el hábito de la Pasión.

Después vino lo menos glamuroso: escribir. Pablo se retiró cuarenta días a redactar las reglas de la comunidad, a pan y agua, en una habitación húmeda junto a una sacristía. A sus compañeros los llamaba «Los Pobres de Jesús».

Una promesa: no dejar que se olvide

Hay un detalle que explica a los pasionistas. En la basílica de Santa María la Mayor, en Roma, ante la Virgen Salus Populi Romani, Pablo hizo voto de consagrarse a promover la memoria de la Pasión. Ese compromiso sigue vivo: el cuarto voto de todo pasionista, según un estudio de la congregación, expresa la esencia de su vida espiritual y apostólica.

Pero «hacer memoria» no es regodearse en el sufrimiento. Una meditación dirigida a los pasionistas lo aclara: aceptar la cruz no debe convertirse en autocastigo. Es mirar el dolor de Cristo para entender el propio y el ajeno.

Predicar con los brazos abiertos

Predicaba con una cruz en la mano y los brazos extendidos, y hablaba del sufrimiento de Cristo de modo que conmovía incluso a los más duros. Le gustaba usar símbolos que ayudaran a expresar la Pasión. Viajaba con un compañero por los pueblos, predicando misiones y consiguiendo muchas conversiones.

Dos mil cartas para quien necesitara una

Pablo no solo predicó. También escribió, y mucho. Sus principales escritos son el Diario espiritual, La Muerte Mística y unas dos mil cartas de dirección espiritual. Siguió escribiéndolas como director espiritual incluso después de ser nombrado superior general en 1747. Muchas fueron para laicos, es decir, gente de casa y de oficio común. En una carta de 1731, por ejemplo, anima a su corresponsal a abrazar la cruz del padecer.

Esa constancia dice algo que la predicación no siempre muestra: acompañó a personas concretas, una por una, durante años.

Una obra que costó décadas

Fundar no fue sencillo. El instituto encontró oposición en un sector de la Iglesia, y la fundación de varios conventos se suspendió hasta que una comisión pontificia falló a su favor. La aprobación llegó por etapas, con dos papas de por medio. Y aunque se abrió el primer convento de religiosas pasionistas, Pablo, por su mala salud, no alcanzó a verlas con el hábito.

Murió en Roma el 18 de octubre de 1775 y fue canonizado en 1867. Hoy se cumplen 251 años de su muerte, y su fiesta es el, 19 de octubre.

Su vida en fechas

AñoHecho
1694Nace en Ovada, Italia.
1720Tiene tres visiones y recibe el hábito de la Pasión (22 de noviembre).
1727Es ordenado sacerdote.
1741Benedicto XIV aprueba las reglas de la congregación.
1747Es nombrado superior general.
1769Clemente XIV aprueba la congregación de forma definitiva.
1771Se abre en Corneto el primer convento de religiosas pasionistas.
1775Muere en Roma el 18 de octubre.
1867Es canonizado.

Lo que deja a una familia

Pablo de la Cruz recuerda algo que casi todos los padres descubren tarde: los hijos aprenden a mirar el dolor según cómo se los enseñamos. Un crucifijo no hace desaparecer las lágrimas, pero puede ayudar a un niño a descubrir que su tristeza tiene compañía.

Esta semana, tres gestos pequeños bastan:

  • Sentarte junto a quien sufre, sin discursos y sin prisa.
  • Escribirle una carta o un mensaje largo a quien lo necesite, como hacía Pablo.
  • Hablarles a tus hijos de la cruz con ternura y sin miedo, como hizo su madre.

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