Este artículo es la tercera parte de la serie «La Santa Sede y los Gobiernos de la Revolución» y continúa los dos anteriores: la parte 1, sobre la carta Prendendo possesso de 1914, y la parte 2, sobre Benedicto XV y la Constitución de 1917. Conviene leerlos primero para seguir el hilo del conflicto.
Introducción
Entre 1923 y 1925, la Santa Sede pasó de la protesta diplomática discreta a la denuncia pública del gobierno mexicano. El punto de llegada fue la alocución consistorial Iam annus, pronunciada por Pío XI el 14 de diciembre de 1925.
El conflicto tenía raíces en la Constitución de 1917. Sus artículos 3.º, 5.º, 24, 27 y 130 restringían la enseñanza religiosa, las órdenes monásticas, el culto público, la propiedad eclesiástica y la personalidad jurídica de las iglesias. Benedicto XV ya había respaldado en 1917 la protesta del episcopado mexicano contra esos artículos, pero durante años su aplicación fue desigual.
Este ensayo sostiene que tres episodios empujaron a Roma a hablar en público: la expulsión de dos delegados apostólicos y el intento de crear una iglesia nacional cismática. Iam annus no fue un punto de no retorno, sino el primer paso de una escalada verbal que culminaría en 1926.
El Cubilete y la expulsión de Filippi (1923)
El 11 de enero de 1923, el delegado apostólico Ernesto Filippi bendijo la primera piedra del monumento a Cristo Rey en el cerro del Cubilete, Guanajuato, ante miles de fieles. El gobierno de Álvaro Obregón lo consideró una violación del artículo 24, que prohibía el culto fuera de los templos.
Obregón aplicó el artículo 33 y expulsó a Filippi como extranjero pernicioso. La medida sorprendió, porque ambos habían mantenido una relación cordial desde la llegada del delegado, en diciembre de 1921.
La expulsión no rompió relaciones diplomáticas, porque no las había: México no reconocía a la Santa Sede, y Filippi no tenía estatus diplomático. Roma protestó por canales reservados y no con una denuncia pública solemne. La protesta abierta corrió a cargo del episcopado mexicano, al que Obregón respondió por escrito. Filippi fue destinado después a Constantinopla.
Calles, el cisma y la expulsión de Cimino (1924–1925)
Plutarco Elías Calles asumió la presidencia el 1 de diciembre de 1924, con un programa anticlerical más decidido que el de Obregón. En pocos meses se sumaron dos golpes para la Iglesia.
El primero fue el cisma. En febrero de 1925, un grupo encabezado por el sacerdote Joaquín Pérez ocupó el templo de La Soledad, en la Ciudad de México, y proclamó la Iglesia Católica Apostólica Mexicana, desligada de Roma. Tuvo el respaldo de la CROM de Luis N. Morones y la tolerancia del gobierno, pero escasa adhesión popular. En respuesta, en marzo de 1925 se fundó la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, una iniciativa de laicos mexicanos.
El segundo fue la expulsión de otro delegado apostólico. Serafín Cimino llegó a México el 1 de abril de 1925 y tuvo que salir hacia Estados Unidos el 15 de mayo. Que Roma perdiera a dos representantes en poco más de dos años dejaba claro que la vía reservada no estaba dando resultados.
El Año Santo de 1925 y Quas Primas
Pío XI proclamó el Jubileo de 1925 con la bula Infinita Dei misericordia, del 29 de mayo de 1924. Era un año santo ordinario, de los que se celebran cada 25 años, y no una respuesta al caso mexicano. Aun así, las peregrinaciones dieron a católicos de países con conflictos religiosos, México entre ellos, ocasión de llevar a Roma noticias de su situación.
Al cierre del Jubileo, el 11 de diciembre de 1925, Pío XI publicó la encíclica Quas Primas, que instituyó la fiesta de Cristo Rey. La encíclica es de alcance universal y responde al laicismo en general. Sin embargo, encajó con la devoción a Cristo Rey ya arraigada en México, la misma que el Cubilete simbolizaba y que después daría su grito a los cristeros.
La alocución Iam annus (14 de diciembre de 1925)
Tres días después de Quas Primas, el 14 de diciembre de 1925, Pío XI pronunció ante el Colegio Cardenalicio la alocución consistorial Iam annus. En ella hizo un balance del Año Santo y de la situación de la Iglesia en el mundo, y se refirió a las dificultades de los católicos en México.
La historiografía la sitúa entre los primeros pronunciamientos públicos solemnes de Pío XI sobre México. Su importancia no está en un lenguaje especialmente duro, sino en el cambio de foro: lo que hasta entonces se había tratado en notas reservadas pasó a una tribuna pública, ante los cardenales y, a través de la prensa católica, ante el mundo.
La alocución no rompió los canales de negociación. La Santa Sede siguió buscando un modus vivendi y fue más prudente que buena parte del episcopado y del laicado mexicanos. Para el texto exacto, debe consultarse el volumen 17 (1925) de las Acta Apostolicae Sedis.
Conclusión
Iam annus cerró la etapa de la diplomacia silenciosa, pero no la de la negociación. La escalada siguió en 1926:
| Fecha | Hecho |
| 2 de febrero de 1926 | Carta apostólica Paterna sane sollicitudo al episcopado mexicano |
| Junio–julio de 1926 | Ley Calles: reforma al Código Penal que sanciona las infracciones en materia de culto |
| 31 de julio de 1926 | Los obispos suspenden el culto público; comienza la Guerra Cristera |
| 18 de noviembre de 1926 | Encíclica Iniquis afflictisque, dedicada a la persecución en México |
| 21 de junio de 1929 | Los arreglos ponen fin al conflicto armado y se reanuda el culto |
El camino de 1923 a 1925 muestra a una Santa Sede que habló en público solo después de agotar la vía reservada. Esa misma prudencia explica que, cuatro años después, fuera la diplomacia vaticana la que impulsara los arreglos.