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La Santa Sede y los Gobiernos de la Revolución  

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Texto alternativo ALT: Benedicto XV firma la carta Prendendo possesso sobre la persecución religiosa en México, 1914
El papa Benedicto XV envió esta carta al arzobispo José Mora y del Río en octubre de 1914.
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El primer grito de auxilio: La carta Prendendo possesso de Benedicto XV y el choque inicial con el constitucionalismo (1914)

Introducción 

El año de 1914 representa una coyuntura crítica en la historia de las relaciones diplomáticas e ideológicas entre la Santa Sede y el Estado mexicano. Tras la caída del régimen de Victoriano Huerta en agosto de ese año, la facción constitucionalista liderada por Venustiano Carranza tomó el control de la capital y de vastas regiones del país. Con el triunfo de las tropas revolucionarias no solo se consolidó una nueva fuerza política, sino que comenzó a manifestarse de forma sistemática una vertiente anticlerical que identificaba a la jerarquía católica como aliada del viejo orden. 

En este clima de hostilidad, el episcopado mexicano envió una dramática carta a Roma relatando los atropellos sufridos. En respuesta, apenas siete semanas después de haber sido electo pontífice, el papa Benedicto XV emitió el 25 de octubre de 1914 la carta apostólica Prendendo possesso (conocida también por su versión latina Pontificatum secreto). Este ensayo analiza cómo este intercambio epistolar inaugura la diplomacia pontificia ante la Revolución Mexicana, evidenciando tanto la denuncia de la violencia revolucionaria como la lectura pastoral y material que Roma hizo de la crisis. 

I. El informe del episcopado: La acusación previa ante Roma 

La carta de Benedicto XV no surgió en el vacío; fue la contestación directa a un informe angustioso enviado desde el exilio por los obispos mexicanos. En dicho documento, la jerarquía eclesiástica describió detalladamente al nuevo Pontífice el estado de sitio moral y material en el que se encontraba la Iglesia en México tras la llegada de las tropas constitucionalistas. 

En su misiva a Roma, los prelados denunciaron: 

  • Profanación y despojo: La conversión de templos y seminarios en cuarteles, talleres o caballerizas, junto con el saquéo sistemático de objetos sagrados. 
  • Presión financiera: El cobro de préstamos forzosos y multas exorbitantes a las diócesis bajo amenaza de prisión. 
  • Represión al clero: El encarcelamiento de sacerdotes, la prohibición de impartir los sacramentos y la clausura de escuelas confesionales. 

Este informe episcopal fue la chispa que alertó al Vaticano sobre la magnitud del anticlericalismo revolucionario, demostrando que no se trataba de desórdenes aislados, sino de una política deliberada contra las instituciones religiosas. 

II. Expulsiones masivas y la fractura diplomática: El exilio de los obispos y del Delegado Apostólico 

Entre los hechos más graves detallados en la correspondencia enviada al Papa destacaba la expulsión sistemática del liderazgo católico. Con el avance de los ejércitos de Álvaro Obregón, Pablo González y Pancho Villa, la cúpula eclesiástica fue desmantelada físicamente en el territorio nacional: 

  1. La expulsión del episcopado: Múltiples obispos fueron obligados a abandonar el país bajo amenazas de muerte o decretos de desierro. La casi totalidad del episcopado mexicano tuvo que buscar refugio en los Estados Unidos (principalmente en Texas y la costa este) o en Europa. 
  1. La salida del Delegado Apostólico: La representación diplomática de la Santa Sede sufrió un golpe directo con la expulsión de monseñor Tommaso Boggiani, delegado apostólico en México. Boggiani fue objeto de acoso y hostigamiento por parte de las fuerzas constitucionalistas hasta que se vio forzado a abandonar el país en 1914, dejando a la Iglesia mexicana sin un canal diplomático oficial en el terreno y obligando a Roma a entablar una comunicación directa con las diócesis en el exilio. 

III. Destinatario y respuesta pontificia: La carta a José Mora y del Río 

Dado el exilio de las autoridades eclesiales, la carta Prendendo possesso del 25 de octubre de 19141 fue dirigida formalmente al Venerable Hermano José Mora y del Río, Arzobispo de México (y Primado de la Iglesia mexicana), para que la hiciera extensiva a los demás obispos, al clero y a los fieles católicos. 

Frente a la realidad de persecución denunciada por los obispos, Benedicto XV colocó la situación mexicana en un plano de máxima prioridad para la Santa Sede, al mismo nivel que el estallido de la Primera Guerra Mundial en Europa. En su respuesta al arzobispo Mora y del Río, el Papa expresa: 

“Ci giungono tante notizie da codeste lontanissime regioni, circa lo stato della Chiesa Messicana, che a Noi procurano grandi preoccupazioni.” 

(Traducción: «…nos llegan muchas noticias desde esas lejanísimas regiones acerca del estado de la Iglesia mexicana, que nos causan grandes preocupaciones.»

Benedicto XV valida los informes recibidos sobre las expulsiones y aflicciones, reconociendo el sufrimiento del arzobispo y de sus hermanos obispos: 

“Certamente abbracciamo te, Venerabile Fratello, e gli altri Vescovi di codesta Repubblica con quell’affetto per il quale abbiamo in comune con voi le tribolazioni che sopportate.” 

(Traducción: «Ciertamente te abrazamos a ti, Venerable Hermano, y a los demás Obispos de esa República, con aquel afecto por el cual compartimos en común con vosotros las tribulaciones que soportáis.»

IV. La lectura vaticana: “Discordias intestine” y la postura moral 

Al analizar las denuncias del episcopado, el Vaticano adoptó una postura teológica y diplomática definida. Para el Pontífice, la violencia desplegada por el constitucionalismo y la expulsión de sus pastores eran consecuencia de una fractura moral. 

Benedicto XV califica la Revolución como una suma de “discordias intestine” (discordias internas/civiles) e “imminenti sventure” (desventuras). Lejos de hacer un llamado a la confrontación armada, la Santa Sede responde ordenando una resistencia espiritual y pacífica: 

“…se i vostri concittadini, e in primo luogo il clero, affineranno in qualche modo i loro sentimenti cristiani e cercheranno di placare Dio sopportando con umiltà le sventure.” 

(Traducción: «…si vuestros conciudadanos, y en primer lugar el clero, afinan de algún modo sus sentimientos cristianos y procuran aplacar a Dios soportando con humildad las desventuras.»

V. La respuesta material: Solidaridad y auxilio económico 

El aspecto más pragmático de la carta de Benedicto XV radicó en la ayuda económica directa enviada a los obispos exiliados y al clero desposeído. Las expropiaciones de bienes y la suspensión de diezmos habían dejado a las diócesis en la quiebra. 

A pesar de las restricciones financieras que sufría el Vaticano por el inicio de la guerra en Europa, el Papa envió un subsidio financiero, especificando su destino en la carta al arzobispo Mora y del Río: 

Spiacenti che la condizione presente della Sede Apostolica Ci vieti una maggiore liberalità, abbiamo deciso di ridurre in parte il vostro pesante onere e perciò vi mandiamo una certa somma di denaro che voi stessi destinerete a favore del culto divino e a sostegno sia del clero e delle congregazioni religiose, sia delle opere cattoliche…”  

(Traducción: «Lamentando que la condición actual de la Sede Apostolica nos impida una mayor liberalidad, hemos decidido aliviar en parte vuestra pesada carga y por ello os enviamos una determinada suma de dinero que vosotros mismos destineréis en favor del culto divino y en apoyo tanto del clero y de las congregaciones religiosas, como de las obras católicas…»

Este acto constituyó un mensaje político directo: la Santa Sede mantendría el sostén de la estructura eclesial mexicana aun cuando sus líderes principales hubieran sido expulsados del territorio nacional. 

Conclusión 

La correspondencia de 1914 —que comenzó con el dramático informe del episcopado mexicano denunciando la expulsión de sus pastores y del delegado apostólico Boggiani, y concluyó con la carta Prendendo possesso de Benedicto XV dirigida al arzobispo José Mora y del Río— fija el punto de partida del expediente diplomático del Vaticano sobre la Revolución Mexicana. 

A través de este intercambio, la Santa Sede visibilizó internacionalmente el alcance del anticlericalismo constitucionalista, brindó respaldo económico al clero desterrado y sentó la postura vaticana de resistencia espiritual que, tres años más tarde, colisionaría de frente contra la promulgación de la Constitución de 1917. 

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