Resulta sencillamente perturbador ver en qué se ha convertido el debate público cuando la ideología de género toma el control. En Estados Unidos, el aberrante caso de Lindsay Clancy —la mujer juzgada por estrangular a sus tres pequeños hijos en Massachusetts— ha destapado la faceta más siniestra del feminismo radical contemporáneo. Todo el mundo comenta la estrategia de la defensa o el supuesto “agotamiento materno”. Sin embargo, de manera casi orquestada, han intentado borrar lo verdaderamente importante: tres vidas inocentes que se apagaron en medio del horror.
Cora, Dawson y Callan tenían cinco años, tres años y apenas ocho meses de edad. Eran tres niños vulnerables que merecían protección, amor y vida. En lugar de un fuerte rechazo ante semejante acto parricida, presenciamos un espectáculo de miedo. Mujeres vestidas de rosa se agolparon a las puertas del tribunal con camisetas que rezaban «Paz para Lindsay». Además, promovieron lemas insólitos como «cualquiera de nosotras podría ser ella» mientras influencers en redes sociales se solidarizaban abiertamente con la agresora.
El feminismo radical ya no se conforma con aplaudir y promover la muerte de miles de niños inocentes en el vientre materno bajo el disfraz del “derecho a decidir”. Hoy ha dado un salto aterrador: victimizar y vitorear a las mujeres que asesinan a sus hijos una vez nacidos. Con total cinismo, utilizan las herramientas del litigio estratégico no para buscar la verdad o la justicia, sino para posicionar una agenda ideológica. Para este colectivismo identitario, la mujer debe colocarse de forma automática en el papel de víctima indefensa del sistema, de la sociedad, del marido o de la medicación psiquiátrica. De esta manera, reducen al ejecutor a una simple criatura sin voluntad.
Aquí no cabe la trampa de preguntar: “¿qué habría pasado si el acusado fuera un hombre?”. Plantear el tema en esos términos es caer en la misma narrativa ideologizada. Un parricidio cometido por un padre es exactamente igual de atroz, sanguinario y condenable. Lo que resulta inaceptable es la doble vara de medir con la que el supremacismo feminista juzga la realidad, pretendiendo borrar a las víctimas reales por un mero capricho de facción.
La amenaza de la impunidad biológica en el Código Penal de la CDMX
Lo verdaderamente irresponsable y alarmante es que este modelo de impunidad busca institucionalizarse y hacerse ley en México. En el Congreso de la Ciudad de México, la diputada local de Morena, Brenda Ruiz, presentó una iniciativa para reformar el artículo 65 del Código Penal capitalino. ¿El objetivo? Que los jueces puedan otorgar una reducción de penas —de una cuarta parte de la mínima hasta la mitad de la máxima— a aquellas mujeres que cometan delitos escudándose en “trastornos mentales derivados de alteraciones hormonales”. La legisladora citó explícitamente el posparto, la menopausia y el síndrome premenstrual como justificaciones médicas para aplicar la imputabilidad disminuida.
Es una irresponsabilidad de proporciones mayores. Bajo el velo engañoso de la “perspectiva de género”, pretenden consagrar un privilegio procesal biológico que abre la puerta a la impunidad. Siguiendo las absurdas falacias que utilizan las feministas radicales, ¿mañana saldrán a decir que los terribles homicidios cometidos por hombres son provocados ineludiblemente por la testosterona y que, por ende, merecen penas reducidas? El argumento cae por su propio peso. Si sostienen que un vaivén hormonal despoja a la mujer de su capacidad de autodeterminación y de comprender la ilicitud de sus actos, no la están reivindicando. Por el contrario, la están degradando a un ser biológicamente inestable e incapaz de responder moral y legalmente por sus acciones.
Pretender que la ciencia y la justicia se sometan a los dogmas del feminismo supremacista es un atentado directo contra el Estado de derecho y contra la dignidad humana.
El ataque a la maternidad y la exigencia de justicia real
Detrás de toda esta maquinaria ideológica hay un trasfondo todavía más perverso: el afán constante por satanizar la maternidad. ¿Cuál es la intención de todo esto? ¿Por qué empeñarse en hacer ver la maternidad como algo intrínsecamente malo o destructivo? Nadie pretende romantizarla ni pintarla como un cuento de hadas rosa. La maternidad conlleva un esfuerzo titánico, sacrificio, desvelo y un profundo dolor físico, mental y espiritual. Pero negar la maternidad es negar nuestro propio origen, nuestra vida y el don mismo de la existencia.
La maternidad tiene un valor incalculable. Es el reflejo amoroso de confianza y gratitud más alto que poseemos como humanidad, el mayor acto de amor. Pretender presentarla como una carga patológica o una condena que justifica lo unjustificable es pervertir su esencia. En lugar de satanizar la maternidad y hacer menos al niño por nacer o a los hijos asesinados, el trabajo real de la sociedad y del Estado debería centrarse en fortalecerla, resguardarla y proteger a las madres en sus momentos de mayor vulnerabilidad.
Desde Hazte Sentir lo denunciamos con firmeza y sin rodeos: no vamos a callar ante esta manipulación ideológica. No quitemos el dedo del renglón. No permitamos que la comunicación tergiversada nos haga olvidar lo esencial: las víctimas reales. Cora, Dawson y Callan no tuvieron camisetas ni marchas que exigieran justicia por su muerte. Ante la tentativa irresponsable de convertir las aulas legislativas en un escudo para el delito, la sociedad civil y los ciudadanos conscientes debemos recordar que el fin del derecho es proteger al inocente, no otorgar salvoconductos ideológicos a quien arrebata una vida.