Vivimos en una época en la que, con demasiada facilidad, se afirma que el bien y el mal dependen del consenso social, de la opinión personal o de decisiones políticas. Sin embargo, cuando la verdad se relativiza, la persona queda a merced del poder. Esta constatación nos conduce a una pregunta decisiva: ¿existe una verdad moral que valga para todos y proteja la dignidad humana? La respuesta que ofrece la razón —y que la tradición cristiana ha custodiado con especial claridad— es afirmativa. Esa verdad se expresa en la ley natural.
La ley natural no es una idea religiosa ni una imposición ideológica: es una verdad profundamente humana. Se trata del orden moral inscrito en la naturaleza del ser humano, accesible a la razón, que orienta libremente su conducta hacia el bien. No es una norma impuesta desde fuera, sino una orientación interior que la inteligencia descubre al reflexionar con honestidad sobre lo que el ser humano es y sobre lo que necesita para realizarse plenamente. Como subrayó Benedicto XVI, la ley natural es esa voz de la razón que permite reconocer lo justo incluso antes de que sea formulado por una ley positiva.
Esta verdad encuentra una formulación decisiva en la encíclica Veritatis splendor. Allí san Juan Pablo II recuerda que la libertad no nace de negar la verdad, sino de acogerla. Cuando se separan libertad y verdad, la libertad se vacía y termina volviéndose contra el propio hombre. La ley natural, lejos de ser un límite opresivo, es el fundamento que permite a la libertad no perderse en la arbitrariedad.
La ley natural tiene su origen en la propia condición humana. Todo ser humano, más allá de su cultura, religión o época histórica, reconoce de algún modo que la vida merece ser protegida, que la injusticia es un mal, que la verdad debe ser respetada y que el amor y la familia son bienes fundamentales. No todo depende de la cultura: hay bienes que valen siempre. Como explica Niceto Blázquez, la ley natural expresa las exigencias objetivas de la dignidad humana tal como la razón puede conocerlas, sin necesidad de recurrir a la fe.
Por esta razón, la ley natural es universal, permanente y racional. No procede del Estado ni de las mayorías circunstanciales. Las leyes no crean la verdad: están llamadas a servirla. El derecho positivo —es decir, el conjunto de normas promulgadas por el Estado— encuentra su legitimidad más profunda cuando reconoce y protege los bienes que la ley natural señala.
Aquí se juega la verdadera misión del Estado. El Estado no es creador del bien y del mal; no es fuente última de la moral. Su tarea consiste en tutelar el bien común, proteger la dignidad humana y garantizar un orden justo. Cuando la ley positiva coincide con la ley natural, el Estado cumple auténticamente su misión. En ese momento se genera un círculo virtuoso: la ley protege la verdad sobre el hombre, la sociedad se fortalece, la confianza institucional crece, y los ciudadanos encuentran un marco estable que favorece la libertad responsable.
En cambio, cuando la ley positiva se separa de la ley natural, se produce un círculo vicioso. El derecho deja de ser garantía de justicia y se convierte en instrumento de poder. La confianza social se erosiona, los derechos se vuelven frágiles y la convivencia se tensiona. La historia demuestra que cuando el Estado pretende redefinir la naturaleza humana o ignorar sus exigencias fundamentales, termina debilitando aquello que estaba llamado a proteger.
Surge entonces una cuestión clave: ¿es vinculante la ley natural? Veritatis splendor responde con claridad. Sí, porque expresa la verdad sobre el bien humano. La conciencia no es un espacio autónomo donde cada individuo inventa lo que está bien o mal; es el lugar interior donde la persona reconoce la verdad moral y se siente obligada por ella. La conciencia no crea el bien: lo reconoce. Separarla de la verdad conduce inevitablemente al relativismo moral.
Las consecuencias de ignorar la ley natural son visibles en la vida social. Cuando todo se justifica, la persona se instrumentaliza. Al negar que existan actos intrínsecamente malos —acciones que nunca pueden justificarse por circunstancias o intenciones— se abre la puerta a tratar al ser humano como medio y no como fin. Sin este límite moral objetivo, incluso la dignidad humana puede quedar subordinada a intereses utilitarios, económicos o ideológicos.
Existe además un error muy extendido: pensar que la ley natural limita la libertad. En realidad, la hace posible. La libertad sin verdad no libera: desorienta. La libertad auténtica no consiste en hacer cualquier cosa, sino en elegir el bien verdadero. Benedicto XVI insistió en que la libertad necesita una medida interior; sin ella se convierte en arbitrariedad y termina autodestruyéndose.
Esta reflexión conduce directamente a la cuestión de los derechos humanos. Los derechos humanos auténticos no se votan: se reconocen. No nacen de decisiones políticas, sino de la dignidad inherente a toda persona. Cuando se separan de la ley natural, los derechos se vuelven frágiles, contradictorios y fácilmente manipulables. Por eso Benedicto XVI afirmó ante la ONU que los derechos humanos solo conservan un fundamento sólido cuando se apoyan en la ley natural.
En una nación como México, donde tantas veces el derecho ha sido utilizado con fines ideológicos o coyunturales, redescubrir la ley natural es redescubrir el fundamento mismo del orden social. No se trata de imponer creencias, sino de afirmar aquello que la razón puede reconocer: que la vida humana es inviolable, que la familia fundada en el matrimonio es un bien social básico, que la libertad necesita verdad y que el Estado debe estar al servicio de la persona y no al revés.
Cuando el derecho protege estos bienes fundamentales, se fortalece la cohesión social, se consolida la justicia y se construye un auténtico Estado de derecho. La ley justa educa, orienta y eleva; no solo regula conductas, sino que configura cultura. Así se genera ese círculo virtuoso en el que la verdad ilumina la ley, la ley protege la dignidad y la dignidad fortalece la sociedad.
Redescubrir hoy la ley natural no es volver al pasado. Es defender al ser humano frente al relativismo y frente al poder. No divide, sino que une. No oprime, sino que libera. Y sigue siendo el fundamento más firme para construir una sociedad verdaderamente justa, libre y humana.
El llamado es claro: no basta comprender la ley natural; es necesario defenderla y vivirla. Formar la conciencia, dialogar con respeto, participar responsablemente en la vida pública y alzar la voz cuando la dignidad humana es amenazada no es opcional. Es una responsabilidad moral y cívica.
En Hazte Sentir creemos que una sociedad mejor comienza por personas convencidas de la verdad sobre el ser humano. Fórmate, comparte, dialoga y actúa. Defender la ley natural hoy es defender la vida, la familia, la libertad y el futuro de México.