Un análisis de Hazte Sentir sobre los resultados de PISA 2025 en México, el abandono del rigor académico y la responsabilidad urgente de padres, escuela y sociedad.
Hay cifras que no solo miden conocimientos: también revelan heridas. Los resultados de la prueba PISA 2025 vuelven a colocar a México frente a una pregunta incómoda: ¿qué futuro estamos preparando para nuestros hijos si no les estamos dando las herramientas básicas para pensar, leer, razonar y comprender el mundo?
El dato más doloroso no es solamente que México siga por debajo del promedio de la OCDE en matemáticas, lectura y ciencias. Lo verdaderamente alarmante es que millones de jóvenes llegan a los 15 años sin las competencias mínimas que necesitan para defenderse en la vida, discernir la información que reciben, acceder a mejores oportunidades y construir un proyecto personal con libertad.
PISA no mide todo. Ninguna prueba puede medir por completo la dignidad, la vocación o el valor de una persona. Pero sí evalúa habilidades fundamentales para la vida real: resolver problemas, pensar críticamente y comunicar con claridad. Por eso sus resultados no pueden despacharse con indiferencia ni con discursos defensivos.
Cuando la escuela deja de formar la inteligencia, la familia termina cargando sola con las consecuencias.
El diagnóstico que duele: México vuelve a quedar por debajo
La OCDE publicó el 8 de septiembre de 2026 los resultados iniciales de PISA 2025. En la nota país de México, el organismo confirma que nuestros estudiantes evaluados cumplieron con los estándares de calidad de la prueba y que el país participó con una muestra de 7,843 estudiantes en 297 escuelas, representando a cerca de 1.58 millones de jóvenes de 15 años.
Los resultados muestran un rezago profundo. En ciencias, México obtuvo 414 puntos frente a un promedio OCDE de 482. En matemáticas, 388 puntos frente a 463. En lectura, 408 puntos frente a 461. Dicho de manera sencilla: el país no está compitiendo en el nivel que sus jóvenes merecen.
El dato más grave aparece en matemáticas: solo 30% de los estudiantes mexicanos alcanzó al menos el nivel básico de competencia, frente al 65% del promedio de la OCDE. Esto significa que siete de cada diez jóvenes evaluados no alcanzan el piso mínimo para interpretar situaciones matemáticas simples, como comparar rutas o convertir precios entre monedas.
En lectura y ciencias el panorama tampoco permite triunfalismos. Alrededor de la mitad de los estudiantes mexicanos alcanza el nivel básico en lectura y ciencias. Y casi no hay alumnos mexicanos en los niveles de alto desempeño, precisamente aquellos que muestran capacidad para resolver situaciones complejas, distinguir con mayor profundidad entre hechos y opiniones o aplicar conocimientos científicos en contextos nuevos.
Detrás de cada punto perdido no hay una tabla fría. Hay adolescentes concretos: hijos, alumnos, nietos, jóvenes con talento, imaginación y deseo de aprender, pero muchas veces atrapados en un sistema que no les exige lo suficiente ni les ofrece lo necesario.
No basta con explicar: hay que asumir responsabilidad
Sería injusto reducir la crisis educativa a una sola causa. La pandemia, la desigualdad, la falta de infraestructura, la formación docente, el entorno digital y los cambios curriculares forman parte del problema. Pero tampoco sería honesto usar esos factores como excusa para no revisar lo esencial: la escuela mexicana debe recuperar rigor, claridad, secuencia y evaluación real de aprendizajes.
La propia OCDE señala que entre 2015 y 2025 aumentó la proporción de estudiantes con bajo desempeño en matemáticas y lectura. También reconoce que parte de la caída puede estar relacionada con la incorporación de más jóvenes de sectores marginados al sistema escolar, lo cual es positivo como expansión de acceso. Pero ampliar el acceso sin garantizar aprendizajes reales termina produciendo una inclusión incompleta: estar en la escuela no basta si la escuela no enseña bien.
Aquí aparece una tensión clave. La Nueva Escuela Mexicana reorganizó el currículo en campos formativos como Lenguajes, Saberes y Pensamiento Científico, Ética, Naturaleza y Sociedades, y De lo Humano y lo Comunitario. En teoría, integrar saberes puede ayudar a conectar el aprendizaje con la realidad. Pero si esa integración diluye contenidos fundamentales, reduce la exigencia o sustituye conocimientos verificables por discursos ideológicos, los primeros perjudicados son los estudiantes más vulnerables.
La educación no mejora porque cambiemos nombres, enfoques o mapas curriculares. Mejora cuando un niño aprende a leer con profundidad, a escribir con claridad, a resolver problemas, a comprender la ciencia, a formar criterio y a ordenar su libertad hacia el bien.
La educación es una cuestión de dignidad y libertad
La crisis educativa no es solo un problema económico. Es un problema humano. Un joven que no comprende lo que lee queda más expuesto a la manipulación. Un joven que no sabe razonar matemáticamente tiene menos herramientas para tomar decisiones. Un joven que no entiende los principios básicos de la ciencia queda más vulnerable frente a supersticiones, propaganda, falsas promesas y discursos simplistas.
Desde una visión profundamente humanista y cristiana, educar no es llenar formularios ni aprobar generaciones por decreto. Educar es ayudar a la persona a desplegar su inteligencia, su voluntad, su conciencia y su capacidad de amar y servir. La declaración Gravissimum Educationis recuerda que la educación debe orientarse a la formación integral de la persona y al bien de la sociedad.
Por eso, cuando una nación renuncia a la excelencia académica, no solo pierde competitividad. Pierde libertad. Porque sin verdad no hay pensamiento crítico; sin pensamiento crítico no hay ciudadanos libres; y sin ciudadanos libres, la democracia se vuelve una palabra hueca.
Privar a un joven del conocimiento riguroso no es inclusión: es abandono con lenguaje amable.
La familia no puede quedarse al margen
Los datos de PISA 2025 también dejan una señal que debe tocar directamente a los hogares. En México, el apoyo familiar reportado por los estudiantes disminuyó entre 2022 y 2025: menos jóvenes dijeron que sus padres o tutores les preguntaban semanalmente qué hicieron en la escuela, y también bajó la proporción de quienes conversaban con ellos sobre problemas escolares.
Este dato duele, pero también abre una puerta de esperanza. Si los padres son los primeros y principales educadores, como enseña Gravissimum Educationis, entonces la familia no puede limitarse a recibir boletas o quejas. Debe volver a ocupar un lugar activo en la formación de los hijos.
No se trata de reemplazar a los maestros ni de convertir la casa en una escuela rígida. Se trata de recuperar una alianza sana: padres que acompañan, maestros que enseñan, directivos que rinden cuentas y autoridades que entienden que la educación no pertenece al Estado, sino a la persona, a la familia y al bien común.
Tres caminos concretos para empezar a rescatar la educación
La indignación solo sirve si se convierte en responsabilidad. Por eso, frente al rezago educativo, las familias pueden comenzar con acciones claras:
- Recuperar la lectura diaria en casa. Leer con los hijos, preguntarles qué entendieron, pedirles que expliquen con sus palabras y ayudarles a distinguir hechos, opiniones y emociones.
- Reforzar matemáticas y pensamiento lógico. No como castigo, sino como entrenamiento para la vida: cuentas, problemas cotidianos, estimaciones, ahorro, medidas, porcentajes y razonamiento práctico.
- Revisar contenidos y exigir calidad. Conocer los libros, preguntar por los aprendizajes esperados, solicitar evidencias de avance y organizarse con otros padres cuando la escuela no esté respondiendo.
- Ordenar el uso de pantallas. PISA 2025 muestra que los estudiantes viven en un entorno donde la IA, los dispositivos y la distracción digital ya forman parte del aprendizaje. Las familias deben enseñar a usar la tecnología con criterio, no como sustituto del esfuerzo intelectual.
- Volver a valorar el esfuerzo. La empatía, la inclusión y la justicia no se oponen a la disciplina. Al contrario: una educación verdaderamente humana exige amor, paciencia y también exigencia.
No podemos resignarnos
México no puede acostumbrarse a que sus jóvenes aprendan menos de lo que necesitan. No podemos aceptar que siete de cada diez estudiantes no alcancen el nivel básico en matemáticas. No podemos mirar con normalidad que la mitad de nuestros adolescentes tenga dificultades para llegar al piso mínimo en lectura o ciencias.
Pero tampoco podemos caer en la desesperanza. Los mismos resultados muestran que los estudiantes mexicanos conservan una enorme fuerza interior: muchos declaran curiosidad, perseverancia y gusto por aprender cosas nuevas. Ahí hay una semilla. El problema no son nuestros jóvenes. El problema es no estar a la altura de ellos.
La prueba PISA debe ser una alarma, no una sentencia. Una alarma para revisar el modelo educativo. Una alarma para exigir rendición de cuentas. Una alarma para que las escuelas vuelvan a enseñar con rigor. Y, sobre todo, una alarma para que las familias reasuman su papel con valentía.
Educar con verdad, amor y exigencia es uno de los actos más urgentes de reconstrucción social. Porque el futuro de México no se juega solamente en los discursos públicos: se juega en cada aula, en cada libro abierto, en cada mesa familiar y en cada joven que descubre que nació para mucho más que repetir consignas o sobrevivir al rezago.
Es momento de hacer sentir nuestra voz por la dignidad y el futuro de nuestros hijos.
Fuentes consultadas
- OECD, PISA 2025 Results (Volume I): Mexico, Country Note, 8 de septiembre de 2026.
- OECD Education GPS, Mexico – Student performance (PISA 2025), consultado el 8 de septiembre de 2026.
- SEP, Conoce tus Libros: Campos formativos de la Nueva Escuela Mexicana, consultado el 8 de septiembre de 2026.
- Concilio Vaticano II, Declaración Gravissimum Educationis, 28 de octubre de 1965.
El País México, cobertura de los resultados PISA 2025 en México y debate sobre la Nueva Escuela Mexicana, 8 de septiembre de 2026