Eran las 10 de la mañana del viernes 25 de septiembre cuando el avión del papa tocó tierra en Orly. Lo esperaba una nación que muchos daban por “perdida” para la fe. La visita de León XIV en Francia era la primera visita de Estado de un pontífice desde Benedicto XVI en 2008. Cuatro días después, a las 19:33 de este lunes 28, el avión despegó de Metz rumbo a Roma. Esto es lo que pasó entre una hora y otra.
León XIV en Francia: un viaje con lema y con itinerario
Bajo el lema “Para que el mundo tenga vida”, el papa recorrió París, Lourdes y Metz en su quinto viaje internacional. Según BFMTV, hasta el domingo más de 1,1 millones de personas habían participado en sus actos. Detrás de cada número hay alguien que decidió estar ahí.
París, primer día: la dignidad, una catedral y 80.000 jóvenes
En el Elíseo, con Macron, advirtió del riesgo de perder nuestra humanidad en un “paraíso de máquinas”, en la línea de su encíclica Magnifica Humanitas sobre la inteligencia artificial. Para él la tecnología no es enemiga: lo que importa es a quién sirve. En la UNESCO defendió que la dignidad de una persona no depende de su eficiencia económica.
Fue además el primer pontífice en entrar a Notre-Dame desde su reapertura tras el incendio de 2019. Y la noche cerró en el Stade de France, con unos 80.000 jóvenes que lo recibieron con los celulares en alto, como a una estrella de rock, y luego cantaron con él la Salve Regina en latín. Él los llamó “santos de Francia” y se emocionó hasta las lágrimas.
Una enfermera de 33 años había pedido un día libre solo para escucharlo. Dijo que, en una época tan centrada en uno mismo, el papa recuerda mirar hacia los demás. Es una frase sencilla, y quizá por eso pesa.
París, segundo día: los migrantes y una plaza desbordada
El sábado empezó lejos de los reflectores, en la Maison Bakhita, un centro de acogida a migrantes. Ahí dejó una frase para guardar: nadie es tan pobre que no tenga nada que dar, ni tan rico que no tenga nada que recibir.
Por la tarde, la misa en la Plaza de la Concordia reunió a 700.000 personas según el Vaticano y hasta 800.000 según EFE. En 2008, la de Benedicto XVI en el mismo lugar reunió a unas 260.000. Ahí, frente a cientos de miles, el papa recordó que para Dios nadie es un número, sino una persona única e insustituible.
La imagen del viaje quizá fue otra: un sacerdote sentado en una acera de los Campos Elíseos, a metros de comercios y terrazas, confesando casi tres horas sin pausa. Sin confesionario ni muros, solo alguien que se animó a decir en voz alta lo que llevaba dentro.
No todos lo celebraron. Defensores de la laicidad estricta criticaron que la misa fuera en la plaza donde fueron guillotinados Luis XVI y María Antonieta. Macron no asistió; fue el primer ministro Lecornu. Es una tensión real y conviene decirla.
Lourdes: de la gruta a las heridas
Esa noche León XIV voló a Lourdes como “peregrino entre los peregrinos”: se arrodilló ante la gruta, bebió agua del manantial y encendió una vela. Ya había estado ahí a los 19 y a los 29 años, cuando todavía era Robert Francis Prevost. Esta vez volvió como papa.
El domingo, ante unas 150.000 personas, pidió rechazar la tentación de quitar la vida bajo una falsa compasión y dijo que la Iglesia debe vivir primero la conversión para sanar sus heridas. Por la tarde escuchó casi dos horas a siete víctimas de abusos del clero, primero en grupo y luego una por una. Algunas asociaciones consideraron insuficiente ese espacio. La herida sigue abierta, y el encuentro es un paso, no un punto final.
Metz, el cierre: Europa, la paz y una despedida
El último día fue el más político. Metz es la ciudad de Robert Schuman, padre de la Europa unida, y una tierra de frontera que cambió de manos entre Francia y Alemania. Hablar de paz aquí no es teoría: es memoria.
Por la mañana, líderes musulmanes, judíos, protestantes, ortodoxos, budistas y católicos firmaron el Llamamiento de Metz. El papa dijo que invocar el nombre de Dios para justificar la violencia es una profanación. Después, ante Macron y una docena de líderes europeos, pidió “sacrificar algunas posiciones” por la paz y advirtió contra “la ilusión del rearme”. También defendió una acogida digna al migrante.
En la misa de la catedral de San Esteban, a la que sí asistió Macron tras reorganizar su agenda, dijo que la reconciliación solo es posible cuando hay valentía para “romper las cadenas del resentimiento”. En el aeropuerto, ambos hablaron en privado unos 30 minutos. A las 19:33 el avión despegó.
En la rueda de prensa del vuelo, el papa dijo que no está en “modo pánico” ante la IA pero que sus riesgos deben tomarse en serio, y que no “cruzó una línea” al hablar contra la eutanasia: dijo que aplica el Evangelio a la vida de las personas.
Qué deja esta visita
Es pronto para medir sus frutos, pero algunas cosas ya se ven. En la Pascua de 2026 se bautizaron en Francia unos 13.200 adultos y 8.200 adolescentes, según la Conferencia Episcopal, la mayoría jóvenes sin tradición religiosa previa. Los estadios llenos no borran la secularización, pero muestran una sed real.
También hay preguntas honestas. El operativo movilizó a 15.000 policías y gendarmes y costó unos 27 millones de euros, y habrá quien discuta ese gasto. Quizá la medida no esté en los números, sino en lo que ocurre en las aceras: alguien que hacía años no se confesaba y lo hace entre turistas y terrazas; un migrante que recibe trato de igual.
Para llevarnos
Lo que queda no cabe en una cifra de asistencia. Queda un papa con los ojos húmedos frente a 80.000 jóvenes que cantaban en latín, una plaza donde un día cayó la guillotina y hoy se llenó de rosarios, y alguien de rodillas en una acera, contándole a un sacerdote lo que llevaba años guardando.
¿Y nosotros? Quizá la pregunta que dejó León XIV en París sirve también para México: ¿cuál es nuestra sed más profunda, y qué estamos haciendo para saciarla?
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