Me encontré con el caso de Lily Phillip, una mujer británica de 23 años que hizo un reto personal de acostarse con 100 hombres en un solo día. Fue una proeza en su entorno, y ahora dice que quiere repetir el mismo desafío, pero esta vez con 1,000 hombres. Esto resulta verdaderamente inaudito.
Lo más interesante ocurrió en medio de una entrevista que le hicieron a Lily. En un momento de descanso del reto, rompe a llorar. La pregunta obligada es: ¿Qué la llevó a realizar este desafío? ¿Dinero, fama, seguidores?
En el fondo, su actitud refleja una gran necesidad de aprecio y amor paternal. Quizás en su vida familiar le faltó esa presencia varonil protectora. Pareciera que su valía como mujer estriba exclusivamente en su sexualidad.
Aunque Lily afirma que “esto no es para chicas débiles”, la realidad es que no tiene conciencia de los riesgos de las Enfermedades de Transmisión Sexual (ETS) hacia su propio bienestar. Manifiesta un patrón relacional masoquista, donde combina el deseo de complacer al otro con la autodegradación.
“Ella llora en la entrevista, no por su propio malestar, sino porque algunos de esos hombres no se marcharon contentos.”
Desmontando el mito: La pornografía debilita, no libera
¿Querer normalizar esto? Me parece bizarro. Anna Arrowsmith (conocida como Anna Span en la industria del cine para adultos) pretende normalizar esta conducta con afirmaciones como: “La pornografía es buena para la sociedad”. Sin embargo, la ciencia demuestra todo lo contrario.
Como en el caso de Lily, no bastaron 100 hombres, ahora “necesita” 1,000. Intima con todos, pero no crea vínculos con ninguno. Contrario al mito de que la pornografía libera, la realidad es que crea una profunda dependencia. Al activar el sistema de recompensa cerebral a través de la dopamina, actúa igual que otras adicciones, generando compulsión y pérdida de control.
Distorsión, cosificación y pérdida de la dignidad
La pornografía no educa, distorsiona. Presenta relaciones totalmente irreales, sin compromiso, sin afecto y centradas en el placer inmediato. Esto termina generando expectativas falsas y dañinas, especialmente entre los jóvenes.
Con la pornografía y estos retos de abuso consensuado, no se dignifica el cuerpo humano; se le cosifica. Reducen a la persona a un puro objeto de consumo y refuerzan la destructiva idea de “usar y desechar” al otro.
Por último, esta práctica no mejora a la mujer en su dignidad, sino que aumenta la presión sobre ella. Muchas se sienten coaccionadas a imitar prácticas que en realidad no desean, aumentando su inseguridad corporal, la insatisfacción con su físico y la ansiedad sexual.
La Templanza: El camino hacia el verdadero autogobierno
Es verdad que la pornografía y la promiscuidad han existido desde la antigüedad, pero dejarán de ser un factor de envilecimiento si educamos al ser humano en la virtud de la templanza.
Esta virtud nos ayuda a moderar los placeres y ordenar los deseos del cuerpo —como la comida, la bebida y la sexualidad— para que no nos dominen. La templanza pone orden obedeciendo a la recta razón: para que el cuerpo no mande ni el impulso decida, sino que sea la persona quien gobierne su propia vida.
Conclusión: Incapacitados para amar
Los estudios científicos afirman el daño de normalizar estas conductas. Su impacto psicológico y espiritual es profundo, pues disminuye dramáticamente la capacidad de la intimidad real y del compromiso serio con otro ser.
Si la pornografía se vende como la gran liberadora, la realidad es que termina incapacitando al ser humano en su verdadera esencia, que es la de amar de verdad. Por lo tanto, ante la pregunta: ¿Bueno el POR-NO? Nuestra respuesta es clara: NO-POR si acaso.